Domingo 30 de marzo de 2014,
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Si yo fuera médico

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OPINIÓN / Escucharía a los pacientes para que me contasen sus historias y cuitas personales, a fin de que desahogasen los malos pensamientos que albergan sus almas

Si yo fuera médico, y lo digo con toda mi alma, trabajaría para curar a mis enfermos. Me conectaría -con hombres y mujeres- como si fueran de mi propia familia. No como se actúa actualmente: cita, acto de presencia ante el galeno de turno -de cinco a diez minutos por persona-, se extiende la correspondiente receta médica por lo que presumiblemente padece el enfermo, y ¡a casa! Nos meteremos en la cama, y pronto… nos curaremos ‘por arte de birlibirloque’. Así funciona la medicina pública española en los momentos actuales.

Me conectaría con mis pacientes como si fueran de mi propia familia. No como se actúa actualmente: cita, acto de presencia ante el galeno de turno y de cinco a diez minutos por persona

La vocación de ser médico nunca la he tenido, pero, si lo hubiera sido, habría practicado ‘el arte de curar’ con todas sus consecuencias. Curando el cuerpo, sin duda, se cura muchas veces el alma, nuestra alma que navega negra por el mundo actual que nos ha tocado vivir: muchas hambres y muchas guerras. Es decir, trabajaría en la medicina pública a cal y canto, olvidándome para siempre de la medicina privada. No tengo nada contra ella, pero entiendo que ésta resta el suficiente tiempo, tan necesario, para atender a tantos enfermos en lista de espera de la Seguridad Social española.

Dicho sea de paso, escucharía a los pacientes para que me contasen sus historias y cuitas personales, a fin de que desahogasen los malos pensamientos que albergan sus almas. Hablarles como lo hago con mis amigos, y darles tiempo para que me cuenten lo que les pasa o lo que no les pasa: me da lo mismo. Uno entiende que las palabras curan tanto como las aspirinas, e, incluso, más aún. Por tanto, entendemos todos que la medicina privada -su práctica- debe dejar de ser un negocio crematístico para convertirse en un servicio público.

¡Que nadie deje de ser sanado -con la urgencia que necesitan su males- por falta de medios económicos bastantes, o por esas interminables ‘listas de espera’ que, cuando te llega tu turno, puedes ya hallarse en el ‘reino de los justos’. Un médico o enfermera tranquilo, seguro de sí mismo, seguro de lo que hace, se ha demostrado que transmite un testimonio emocional y convincente al aquejado por cualquier enfermedad, que le hace disminuir el dolor, su dolor.

Entiendo perfectamente la monotonía imperante en el trabajo de cualquier galeno de turno. Si realmente en una mañana -pongamos por caso- tienen que ver a treinta o treinta y cinco pacientes, y al siguiente día ocurre otro tanto de lo mismo, ineludiblemente, ninguno de los aquejados de dolencias -más o menos importantes- podrán ser diagnosticados adecuadamente .Y es que cuando nos convertimos en instrumentos desafinados, es decir, cuando nuestra salud psíquica y física empieza a hacer agua por todos los lados, y en este momento, es cuando necesitamos un doctor, que practique la medicina y que, al mismo tiempo, sea nuestro amigo cuando la enfermedad mine nuestro cuerpo y nuestra alma.

¡Que nadie deje de ser sanado -con la urgencia que necesitan su males- por falta de medios económicos, o por esas interminables ‘listas de espera’!

Hemos de evitar que se desarrolle una pirámide interminable que expulse por su parte superior puntiaguda ‘humos con miedos’, pues, a la corta o a la larga, los miedos colectivos tienden a desarrollar y desencadenar una reacción en cadena con resultados conflictivos e imprevisibles. Así de fácil. De la misma manera que violencia engendra violencia, ocurre lo mismo con el miedo que engendra miedo.

“¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo negro! ¡Me duele el corazón!”, solemos decir, como si dicha víscera muscular fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas afirmaciones y otras similares llevamos inserto un mundo de miedos (fobias, muchas veces): miedo al amor, al infarto de miocardio, al cáncer, al Sida (Síndrome de Inmune-Deficiencia Adquirida), miedo a perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor, etc.: tantos miedos juntos crean barreras, barreras en nuestro intelecto. Todos estos temores que nos amenazan -en los prolegómenos del siglo XXI- al mismo tiempo, nos conducen inevitablemente al gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro miedo a la muerte.

La sociedad que nos ha tocado vivir tampoco nos ayuda precisamente a superar estas barreras del intelecto. Pensamos y actuamos, como seres humanos que somos. Y es que la panorámica mundial es problemática: guerras fratricidas, violación de mujeres -con resultado final de muerte- y sus derechos, malos tratos psíquicos y físicos a menores, detención ilegal de menores que desaparecen para siempre, etcétera, etcétera. Bajo este contexto, es lógico que nuestro estado de ánimo se deprima, amén de que nuestra cotidiana vida está llena de preocupaciones, desasosiegos e inquietudes que degeneran en un estado de ansiedad y, que al final, concluyen en la tan temida depresión: el mal psíquico de nuestro siglo XXI.

Nuestra actual sociedad se ha olvidado de nuestros niños y ancianos, ignorando que los últimos han sido ya los primeros y, si Dios quiere, los primeros serán los últimos. Y es que nuestras universidades utilizan medios educativos trasnochados, que imparten conocimientos pero se olvidan de forman personas -jóvenes-, que son los verdaderos motores para construir un mundo mejor que el nuestro. La historia así nos lo enseña, y Rubén Darío también en su maravillosa ‘Canción de primavera’: “¡Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! (…)”.

Sin presente y sin futuro, necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡Qué tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores!

Estamos en un mundo presos del miedo y la no comunicación. Nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta comunicarnos… nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando humanidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros. Ese cerebro del que tan poco sabemos es, sin duda, ‘la caja negra’ que transmite miles de órdenes a nuestro corazón, que riega la sangre necesaria para que podamos respirar, comer y dormir todos los días del Señor.

Pues si un doctor en medicina nos proporciona el bienestar del cuerpo, el equilibrio emocional, y, al mismo tiempo, nos mitiga la violencia de algunas enfermedades -en la medida de sus fuerzas-, el dolor que acude rápido a nuestra alma será siempre más llevadero. Nosotros -los mortales-, que somos meros pasajeros en tránsito, buscaremos siempre aquello que nos une con nuestros semejantes: el mismo origen, el mismo hábitat, el mismo destino, etc.; y olvidaremos lo que nos diferencia: religión, xenofobia, racismo, idiomas diferentes, pobreza…

Sin presente y sin futuro, necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡Qué tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores! Pienso, muchas veces, que es provechoso reírse de un mismo e, incluso, de nuestra propia sombra: de esta manera descubro lo poco que sé, y lo mucho que me queda por aprender.

La sociedad que nos ha tocado vivir (¿esa maravillosa democracia española, qué nos habla del estado de bienestar para todos, qué nos habla de la igualdad de oportunidades, qué nos habla de viviendas asequibles para nuestra juventud?) ha ‘roto aguas’, y ha relegado a las personas longevas, única y exclusivamente, para que emitan su voto cada cuatro años. A lo sumo ha construido unas pocas residencias -jaulas de soledad- donde podemos ir a morir, y, desde luego, ser olvidados por propios y/o extraños. Eso sí, para morir con tranquilidad, llevando sobre nuestras espaldas sacos pesados con tierras cargadas de olvidos, penas y sinsabores.

La Coruña, 21 de abril de 2012
Mariano Cabrero Bárcena es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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