Lunes 31 de marzo de 2014,
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De la meritocracia a la ley del más fuerte

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OPINIÓN / Aunque el capitalismo se presenta como un sistema cuyo concepto de justicia se basa en el mérito, en realidad propicia que no exista una igualdad de oportunidades para alcanzar los premios al mérito individual

Se dice normalmente que vivimos en una sociedad meritocrática, esto es, una sociedad cuyo principio de justicia pivota sobre el concepto de mérito. El capitalismo se presenta a sí mismo como un sistema basado en tal principio de justicia.

Pero, ¿qué es el mérito?

Si acudimos al diccionario de la RAE, nos encontramos con la siguiente definición:

1. m. Acción que hace al hombre digno de premio o de castigo.

2. m. Resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona.

3. m. Aquello que hace que tengan valor las cosas.

La creencia de que existe una relación directa entre mérito y posición social, además, otorga al dinero una nueva calidad moral. Los ricos no sólo tienen más dinero sino que, simplemente, son mejores

El mérito, por tanto, nos permite establecer un sistema de justicia basado en el reparto de premios y castigos. Las acciones buenas, o meritorias, tienen premio y las malas tienen castigo.

Actualmente, se da por hecho que si todo el mundo ha tenido la misma educación y la misma oportunidad de acceder a una carrera profesional, las diferencias de renta y de prestigio se verían justificadas por los propios talentos y debilidades de los individuos. En tal caso, no habría necesidad de igualar las rentas. Los privilegios serían merecidos, al igual que las penurias.

La creencia de que existe una relación directa entre mérito y posición social, además, otorga al dinero una nueva calidad moral. Los ricos no sólo tienen más dinero sino que, simplemente, son mejores. La justicia, para los que piensan así, se expresa mediante este lema: ‘de cada cual según su capacidad, a cada cual según su mérito’, frente al lema característico del pensamiento socialista y libertario: ‘de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad’.

Digamos, simplemente, que quienes sostienen estas ideas incurren en una petición de principio en la medida en que dan por cierto justamente aquello que tiene que ser probado. En primer lugar, porque no tienen en cuenta que el éxito en la vida es, en no pocas ocasiones, resultado también de una especie de azar o lotería natural que capacita más a unos que a otros para triunfar y para sobreponerse en la lucha por la supervivencia.

En segundo lugar, porque pasan por alto que muchas de las desigualdades que se proclaman no son resultado del mérito individual, sino de condicionamientos sociales de base que otorgan mayores oportunidades de desarrollo a unos individuos que a otros.

Hemos de recordar, con Rousseau, que la reivindicación del mérito personal puede ocultar en muchas ocasiones talentos potenciados por una situación social privilegiada. Proudhon también advirtió que aquello que se muestra como ‘mérito’ frecuentemente es producto de determinadas relaciones sociales.

¿Estamos en condiciones de afirmar que nuestra sociedad actual se rige según esta consideración del mérito, entendido como ‘contribución al bien común’?

La desmitificación del patrón del mérito conduce a la desmitificación de los criterios de selección vigentes y lleva implícita una crítica de los modos de producción que están en la base de esos criterios. ¿Quién establece lo que es el mérito? ¿Cómo? ¿Por qué?

En cualquier caso, es pertinente dejar claro que una sociedad sale más gananciosa cuando permite a todo el mundo desarrollar libremente sus talentos, sus cualidades, y cuando además premia de alguna manera a aquellos que hacen mayores aportes al bien común de la sociedad, ya sea a través de sus ideas, sus investigaciones científicas, sus creaciones artísticas o cualesquiera talentos demostrables y moralmente apreciables. Si no tuviésemos en cuenta el mérito de ninguna manera y pretendiésemos igualar a todo el mundo al margen de sus aportaciones a la sociedad, tendríamos como resultado una sociedad de personas desmotivadas que no encontrarían incentivo alguno para progresar moral y profesionalmente en sus vidas.

Por tanto, una consideración del mérito es imprescindible también para hablar de justicia. Pero, ¿estamos en condiciones de afirmar que nuestra sociedad actual se rige según esta consideración del mérito, entendido como ‘contribución al bien común’? ¿Son los que más trabajan y más se esfuerzan los que obtienen una mayor recompensa? ¿O resulta, por el contrario, que hemos creado una sociedad que se autolegitima moralmente recurriendo al criterio del mérito pero que en absoluto funciona según ese criterio, sino que en la práctica es una sociedad donde prevalece sin más la ley del más fuerte, la ley de la selva, y donde los que triunfan no son los que más meritos pueden aducir, sino los que menos escrúpulos tienen y los que mejor se adaptan a las exigencias del sistema en lo que respecta a acatar la moral del ‘todo vale’?

No, lejos de ser el mérito la norma que preside el funcionamiento de nuestra sociedad, es el demérito lo que la define. Vivimos en una sociedad regida por la ley del más fuerte. Y la ley del más fuerte dista mucho de ser la ley del mérito, salvo que se entienda por mérito esto mismo: triunfar a cualquier precio.

Vivimos en una sociedad regida por la ley del más fuerte. Y la ley del más fuerte dista mucho de ser la ley del mérito, salvo que se entienda por mérito esto mismo: triunfar a cualquier precio

Si antes hemos dicho que la sociedad meritocrática distribuye premios y castigos en función del mérito, ¿cuál es el premio en la sociedad capitalista? Tener más dinero, tener una mayor fama, un mayor prestigio, un mayor poder de influencia. El que consigue esto, triunfa. Nuestro sistema de valores es claro al respecto: quien más tiene, más vale. El mérito se iguala al triunfo sobre los demás, no importa cómo ni a través de qué medios se haya conseguido dicho triunfo. Llegamos a la estremecedora conclusión a las que nos lleva el pensamiento neoconservador: mérito es ser más fuerte. Dice el gran Eduardo Galeano, con esa sabia precisión de la que sólo él es capaz: “El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso”. Es la lógica de la competitividad, la competencia sin normas: la única norma es triunfar, alcanzar el resultado final que se supone es el premio a ese esfuerzo. Sólo importa el fin, no importan los medios. El fin justifica los medios, y es, por sí mismo, un bien que se autoimpone de forma evidente.

¿Tenemos lo que nos merecemos? Tal vez sí. Tenemos el mundo que nos merecemos porque no hemos sido capaces de levantarnos para transformarlo. Es hora, pues, de que vayamos haciéndolo.

Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Así la definió el romano Ulpiano. La misma idea se repite, por ejemplo, en el estoico Cicerón, cuando afirma: “No existe ninguna justicia si a cada uno no le está permitido poseer lo suyo”. Por supuesto, estos autores argumentaban desde una visión aristocrática de la sociedad humana.

Sin embargo, nosotros, ¿podemos establecer que hay algo que corresponde a cada ser humano por el mero hecho de serlo? Podríamos hacerlo si nos remontamos hasta una noción clave en la comprensión ética del sujeto: la noción de dignidad.

En efecto, todo individuo tiene al mismo tiempo el derecho y el deber de ser libre, y en eso reside el fundamento de su dignidad, pero la libertad de cada uno es igual en valor a la libertad de los demás, por eso se impone también el deber ético de respetar y promover la misma libertad para todos bajo condiciones de equidad.

En un estado social desigual, donde muchas de las diferencias que se proclaman no son en absoluto resultado del mérito, la justicia se impone como la necesidad de un mecanismo reparador que tenga por objeto instaurar una verdadera igualdad de oportunidades para todas las personas

En un estado social desigual, donde muchas de las diferencias que se proclaman no son en absoluto resultado del mérito, sino de una posición social y económica más afortunada en la escala social, o de una dotación natural más ventajosa, la justicia se impone, no ya como un mero sistema de atribución de premios y castigos, sino como la necesidad de un mecanismo reparador que tenga por objeto instaurar una verdadera igualdad de oportunidades para todas las personas. Un Estado justo debe asegurar un mínimo de subsistencia para todos sus ciudadanos, pero no simplemente en la forma de las prestaciones sociales del Estado asistencial, sino a través de una organización económica justa que permita la emancipación real de cada ser humano. La verdadera libertad se forja en un mundo donde todos seamos igualmente libres. Dice Chomsky que “la libertad sin oportunidades es un regalo endemoniado y negarse a dar esas oportunidades es criminal”.

Sencillamente, hay determinadas cosas que todos deberíamos tener aseguradas porque no tenerlas nos haría caer por debajo del nivel mínimo de la dignidad. ¿Qué cosas son ésas? Pues son todas las que aparecen recogidas, por ejemplo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: cosas como el derecho a la alimentación, a una vivienda, a un trabajo, a una educación, a un sistema sanitario eficiente y de calidad, etc. ¿Podemos decir que los Estados actuales de nuestro mundo, incluso los más desarrollados, aseguran a todos y cada uno de sus miembros el disfrute verdadero de estos derechos en todo momento y lugar? Desgraciadamente, no.

La utopía política de nuestros días consiste en hacer realidad el sueño de una sociedad libre, igualitaria y justa en la que todas las personas, independientemente de su condición social, sexo, etnia, etc., tengan asegurados en todo momento unos derechos básicos y sean libres de emprender su propio proyecto de vida sin interferencias ajenas arbitrarias, siempre y cuando ellas mismas no interfieran arbitrariamente en las vidas de los demás. Cada persona tiene derecho a buscar a su manera su propia felicidad, pero el Estado tiene el deber de proporcionar a todo el mundo las condiciones necesarias para ello.

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1 comentario

  1. Anónimo 14/10/2011 en 15:15

    Hoy en día dentro de un mundo global e interconectado, la aplicación de los modelos meritocráticos basados en el beneficio personal y la explotación de los recursos globales, está llegando a su fin. La barra libre productiva y el “todo vale” competitivo no son metodolgías compatibles con el nuevo escenario global que ya habitamos, y son los causantes directos de la crisis que estamos viviendo.
    Ciertamente para revertir la situación, tenemos que desarrollar el talento personal enfoncándolo hacia el mérito social, creando un entorno educativo y comunicativo en el que se valore a la persona que trabaja en favor de la colectividad.
    Se trata pues de aplicar un modelo educativo y social en el que la responsabilidad mutua, la cooperación, la solidaridad, la empatía, el trabajo en equipo y la mutua sostenibilidad sean piedras angulares del método, y en el que la “dignidad colectiva” sostenga a todos y cada uno de los individuos de la sociedad.
    No creo que a través de una política a golpe de decreto partidista, podamos llegar a ello. A mi modo de ver, sólo mediante la aplicación de un modelo educativo científico-experimental enfocado en esta dirección común, se conseguirá este sueño igualitario y de justicia social.

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