Sábado 03 de diciembre de 2016,
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La injusticia convive con el pueblo saharaui

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Para comprender lo qué sucede hay que introducirse en su historia y en los 35 años abandonados a su suerte a pesar del reconocimiento internacional de sus derechos

Ya hace más de 35 años que el pueblo saharaui tuvo que exiliarse en pleno desierto argelino, después de que España les abandonara a su suerte, en 1976. No hay que olvidar que eran españoles e incluso muchos aún conservan su DNI español.

En 1975 el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya reconoce el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Y aún continúa su reivindicación. Son muchos años de dolor, de muertes, de lucha y de desolación.

Para comprender lo que sucede en estos momentos en El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, hay que introducirse en la historia, empaparse del significado de lo que supuso la Marcha Verde y conocer qué carajos pinta la ONU con tantos referéndums, tantos enviados y tantos despropósitos.

Para comprender la impotencia del pueblo saharaui hay que adentrarse en su día a día. Respirar la insoportable brisa ardiendo, notar el sol abrasador de la yerma tierra que les acoge. Comer con tierra, vivir con ellos las tormentas de arena, llorar con su memoria histórica. Vivir entre su cariño, su humildad y su resistencia pacífica. Y también conocer sus enfermedades consecuentes de vivir en pésimas condiciones. Es fácil y difícil a la vez.

Los ojos se te hacen más grandes contemplando su cotidianidad, cómo guardan sus maletas y enseres con la más absoluta esperanza de partir de forma inminente a su tierra prometida. Muchas generaciones estudiando, escuchando y cultivándose sobre que ese desierto infame no es su verdadera tierra.

Me duele ver que se inicia una nueva Intifida, una vía que parece inevitable y que puede provocar centenares de muertos con nombres, con apellidos y con DNI español

Beber de los ojos de los hombres, mujeres y niños saharauis es comprender su historia. Sus testimonios y sus crónicas. La esperanza siempre ha recorrido las jaimas. Pero esa ilusión de regresar a su tierra se convierte en un negro pesimismo. Imaginaos estar esperando 35 años para que algún organismo internacional se moje y que el derecho a la autodeterminación sea un hecho. Imaginaos ser refugiado durante 35 años. Una persona no se convierte en refugiado por una cuestión política, se convierte porque sus derechos humanos son masacrados. Estoy harta de que el discurso político se centre en el aspecto legal del refugiado y, sin embargo, se pasa de puntillas sobre la cuestión esencial que es la persona humana, su seguridad, libertad, igualdad o la justicia. La Ley cobra un protagonismo que no le pertenece, es más importante que las personas a las que tiene que servir y proteger. Y eso no se puede permitir.

El campamento de resistencia saharaui en El Aaiún, llamado de forma totalmente acertada como campamento ‘Dignidad’, fue creado para reivindicar derechos sociales. Las fuerzas marroquíes, como antaño, vuelven a cometer los mismos errores: la violencia como único diálogo. Una incursión a fuego y sangre levantando aún más la desesperación y la desolación del pueblo saharaui.

Ahora que he tenido la inmensa suerte de conocerlos en su día a día, no puedo olvidar sus rostros. Ya forman parte de mí. Y me duele ver que se inicia una nueva Intifida, una vía que parece inevitable y que puede provocar centenares de muertos que tienen, repito, tienen rostros familiares, queridos, amados, con nombres, con apellidos y con DNI español. Esa respuesta tiene el amargo fruto de años de injusticia, de persecución, de cárcel, enfermedad, opresión y la falta de libertad en todas sus formas. Un cóctel insoportable.

Y sé que esto se puede, se tiene que evitar, con dignidad política, con compromiso y diálogo.


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