Viernes 30 de septiembre de 2016,
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Sólo la razón última

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ORGANIZADOS / Los nadie, les dice Eduardo Galeano

Sí, ellos son la razón del trabajo y del empeño de unos cuantos, seguramente no todos los que quisiéramos. Todos somos conscientes de la tremenda injusticia que se comete con tantas y tantas personas en este nuestro mundo, pero a veces, parece que la forma de hacer frente al problema se nos dibuja un problema en sí mismo.

La sociedad reacciona ante la injusticia y lo hace a través de las actuaciones de unas personas que deciden, en un momento dado, luchar por justicia. Esta situación, que es tan potente, introducida en el sistema del primer mundo, encuentra serías dificultades de ejecución que ponen a prueba la coherencia de la acción y de las personas que la dirigen. Son tantas las trabas y problemas que hay que salvar, a la vez que se trabaja por el objetivo, que es sencillo y bastante fácil poder desorientarse. En algún momento todos nos desorientamos y podemos llegar a trabajar en un sentido sin sentido. El verdadero problema surge cuando no se sabe o no se quiere saber cuál es la verdadera situación y el problema, cuando se llega a anteponer para justificar, argumentos que crean mayor confusión. En esos momentos, sólo la claridad del fin, de la razón última, nos puede ayudar a reorientarnos.

Que nadie se otorgue la exclusividad de generar valor social porque esta acción nos corresponde a todos y cada uno de los actores sociales que compartimos el hoy y compartiremos el mañana

Nuestro complejo primer mundo consigue desorientarnos y es entonces cuando la honestidad y la generosidad son las guías que nos permiten regresar a la coherencia y la lucha por el fin último. En el tránsito, que a cada uno nos cuesta un tiempo atravesar, es cuando uno se reconoce como una parte de un todo claramente imperfecto. Realmente nunca fuimos ni indios, ni vaqueros, y nunca lo seremos.

Cuando las personas y las entidades se empeñan, excesivamente, en evidenciar y mantener vivas unas diferencias con otros actores sociales, por encima de cualquier cosa, sólo podemos leer en ello una forma de perpetuarse en un espacio donde se encuentran cómodos y son reconocidos. No quieren ser excluidos.

Si veo a alguien levantar una bandera desde la intolerancia, la carencia de voluntad para comprender, la autosatisfacción egocéntrica, no veo sino la agonía de quién no sabría cómo contrastar su verdad en un espacio diferente donde su posición dominante no existiera y no se pudiera permitir esas libertades prepotentes. Seguro que reconocemos situaciones así. Realmente el miedo a otra realidad es tan grande que abandonan el fin para defender su cómoda realidad.

Trabajamos tantas veces de espaldas a otros mundos, sólo por no conocerlos y no saber movernos entre y con ellos, que es fácil, aún sin querer, construir enfrentamiento y oposición visceral. Indios y vaqueros.

Sin embargo, ‘a los nadie’ no les interesan nuestras disputas sobre las que construir mundos antagónicos que nos permitan sobrevivir en espacios reconocidos. A ellos no les interesa nuestra egoísta subsistencia. Ellos necesitan, como ninguno, que esto cambie de verdad. Seamos sinceros con nosotros mismos. Jamás cambiará desde los pequeños castillos que vamos construyendo al principio, casi sin darnos cuenta, desde nuestras creencias y desde nuestras realidades, ya conscientes, en adelante.

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La sociedad necesita que la corresponsabilidad social sea una realidad. Que nadie se otorgue la exclusividad de generar valor social porque esta acción nos corresponde a todos y cada uno de los actores sociales que compartimos el hoy y compartiremos, o dejaremos en herencia, el mañana.

Coherencia y corresponsabilidad por justicia con los nadie.

Y con nosotros mismos.

NITTÚA
Núria González
Raúl Contreras


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