Lunes 05 de diciembre de 2016,
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Sudáfrica 2010 o el mundial de fútbol para otros

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El mundial de Sudáfrica introduce algunas dudas sobre la organización, desarrollo del país y recursos dedicados al evento. El ejemplo de España puede dar pautas para que se convierta o no en un éxito deportivo, económico y social para el país

Ayer por la noche vi un documental muy bueno dentro del programa Documentos TV.

Documentos TV debería ser de visionado obligatorio, no solo en las escuelas de periodismo, sino en casi cualquier escuela. Eleva el concepto de periodismo, en este caso de investigación y de calidad, en la televisión: informa, forma, entretiene y es semilla de pensamiento.

La construcción de esas instalaciones retira recursos de educación, construcción, sanidad, etc., a un país que lo necesita

El programa de ayer ‘Sudáfrica Fahrenheit 2010‘ trata de los cambios que ha sufrido Sudáfrica para acoger la Copa del mundo de fútbol el próximo junio. Habla de los estadios construidos, de las poblaciones que deberán moverse, de algunos hitos políticos o sociales que denotan todos los cambios para dar la mejor cara al mundo y ofertar la mejor forma de organizar los mundiales.

Por un lado, está la construcción de un buen número de estadios de fútbol, creando un vector económico que proviene tanto de manos públicas como privadas. Esto genera una eclosión de riqueza, que se intenta que llegue hasta el ciudadano. Sudáfrica tiene entre un 25% y un 40% de paro, muy diferenciado de acuerdo a la raza y el área.

Sin embargo, tras este loable interés de emplear el mundial como motor de arranque del desarrollo e igualdad del país, así se vendió frente a la FIFA para ser adjudicatario del primer mundial que se celebrará en el continente africano, hay muchas otros hechos, como se puede ver en el documental que añaden sombras al proyecto y al evento.

Los costes del mundial
La construcción de esas instalaciones retira recursos de educación, construcción, sanidad, etc., a un país que lo necesita, por pobreza, por nivel de vida, por esperanza de vida. El mero hecho de la construcción incrementada ha encarecido el coste del cemento en el país, lo que repercute en la construcción de todas las infraestructuras.

Por otro lado, las poblaciones que se han de mover, el caso de una escuela que ha debido abandonarse para dejar paso a los trabajos, indica que los perjudicados no solo no tendrán beneficio a largo plazo, sino que tendrán un grave perjuicio a corto. La sospecha de que todas estas inversiones no generen otras inversiones ‘al lado’ que beneficien la vida de todos los sudafricanos: hospitales, escuelas, líneas de comunicación y transporte, da la idea de que parecen ser obras para un ejercicio fatuo y caro de visibilidad mundial.

La sombra más que clara de una corrupción, que puede llegar a lo más alto, ensombrece todo este panorama

Algunos de los trabajos son catalogados de dispendio, ya que se intenta evitar el empleo de los existentes estadios de Rugby, más cercanos a la rica minoría blanca y empleados en eventos previos, y ubicar los nuevos estadios, algunos a metros de los anteriores, cerca de los ‘hometowns’ donde vive la población negra, verdaderos aficionados al deporte del fútbol. A pesar de que el reducido precio de las entradas no asegura que esos estadios se llenen y, de esta forma, se asegure el éxito comercial, se espera que la publicidad haga retornar los miles de millones de rands invertidos.

La eclosión de una clase negra rica cercana al poder se muestra en los carteles que aparecen en las puertas de los nuevos estadios e instalaciones en construcción. Estadios gigantes para las dimensiones sudafricanas, más de cincuenta mil espectadores, y que difícilmente tendrán encaje posteriormente en una liga de fútbol muy menor. A todo esto, la sombra más que clara de una corrupción, que puede llegar a lo más alto, ensombrece todo este panorama.

En Sudáfrica han salido muchas voces discordantes atendiendo a estos parámetros levemente alumbrados: detracción de recursos para otras necesidades más básicas, repercusión negativa en la población, creación de emporios económicos que pueden ser globos de aire tras este periodo de inversión fuerte apoyada por el Estado, corrupción y falta de idea sobre el futuro de las instalaciones. Es, sin duda, un punto de preocupación.

Las analogías con el caso español
Inmediatamente tras visionar el documental y enlazándolo con lo que ha ocurrido en España, y en el resto del mundo, en relación con la organización de grandes eventos, aparecen una serie de ‘lugares comunes’ y sombríos horizontes que amenazan con repetirse:

En España tuvimos una ‘salida’ de la oscuridad de la dictadura que puede evaluarse, entre otros muchos gestos, con la organización del Mundial de fútbol de 1982, la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986, y la organización de los juegos olímpicos de 1992 en Barcelona y la exposición universal en Sevilla, también en 1992. Toda esta experiencia en organizar eventos mundiales luego se aprovechó repitiendo, aunque no en las mismas dimensiones, hasta los últimos que han sido la Expo del agua de Zaragoza en 2008 y la celebración en dos oportunidades de la Copa América en Valencia 2007 y 2010.

Esa orientación publicitaria del país con la excusa del deporte no era novedosa ya que también intentó ser aprovechada, en otro mundial de fútbol, en este caso en Argentina 1978, para revitalizar su marchitante dictadura sangrienta. No lo consiguió, aunque le dio un poco más de vigor internacional durante algunos años. También es conocido el efecto propagandístico y político que tuvieron los eventos deportivos en la guerra fría. Pero el paso de lo propagandístico a lo publicitario pudo muy bien darse en España en esos tiempos.

Todos esos eventos sirvieron para darnos la dimensión de los fenómenos que se están repitiendo, con particularidades locales, en Sudáfrica. Por un lado, sirvieron como motor económico por el apoyo de las instituciones, ingente, y de inversores privados de todos tipo. Fueron un arranque para una economía asustada y anquilosada por las incertidumbres de la párvula democracia, el caso es equivalente al de Sudáfrica.

Por otro lado crearon holdings o instituciones de organización y gestión que manejaron miles de millones de euros que, en muchos casos, acabaron en las manos de personas y organizaciones afines al poder político y, en otros, en facturas sin justificar, dispendios dificilmente explicables, ‘traslados’ muy ‘explicables’, corrupciones y corruptelas. Este es el riesgo que enfrenta Sudáfrica, pero que por imagen tanto del país como de los mundiales puede que no llegue a conocerse su verdadero calado nunca. A este respecto cabe indicar que las cuentas de la Expo 92 y de Barcelona 92 siempre han sido bastante desconocidas en su alcance y su distribución, aunque probablemente aún sigamos pagándolas casi veinte años después.

En aquellos tiempos se aprovechó la necesidad de albergar el evento, la disponibilidad económica y financiera y la motivación de todos por llevar a cabo una gestión adecuada de los recursos para modernizar, al menos en parte, el país. Inversiones, empresas, diseños, desarrollos que alimentaban, tributarios, ese inmenso devorador de recursos que son los eventos internacionales deportivos.

Al tiempo servían para dar la vuelta a la imagen del país y crear una nueva relacionada con la cultura, con la modernidad, con el desarrollo y con lo propio y así se invirtieron en edificios carismáticos, muchos en el caso de la Expo, o en gigantescas obras públicas, como por ejemplo en la Expo del agua de Zaragoza o en las obras del Puerto de Valencia o en Barcelona, que han sido como la pequeña espita que ha permitido ‘acelerar’ el desarrollo. Gran parte de estas actuaciones fueron aprovechadas para mejorar el urbanismo.

Estos nuevos edificios, instalaciones, circunvalaciones, no siempre han tenido un criterio de diseño de utilidad posterior, de aprovechamiento ulterior a la fecha de finalización del evento y, en muchas ocasiones, en el caso de la Expo 92 y de la Expo del agua evidente, han sido el bellísimo, y caro, decorado donde se celebró el evento y, posteriormente, o se han dado al abandono o se han malvendido para perjuicio de todos.

Este es otro lugar común que parece haberse repetido en Sudáfrica, la creación de infraestructuras nuevas, muchas veces desdeñando las antiguas. Nuevos edificios e instalaciones que rivalizan con las mejores del mundo, edicifios de autor, pero que tras los juegos no serán aprovechados y parecen haber sido implantados solo por el gusto onánico de tener lo mejor, equiparándose en megalomanía con aquel político que quiso tener un teatro de la Opera similar al de Milán en la entonces rica Manaos amazónica.

De lo que no cabe duda, en España y en Sudáfrica, es que toda esta obra, todo este jaleo, todo esta organización beneficia a la economía pero no sabemos si se transmitirá a toda la sociedad. Tanto en forma de trabajo como en infraestructuras usables en en día a día. En España enriqueció a muchos y dió de comer a muchísimo más, en Sudáfrica con sus desigualdades y cortapisas no se sabe si será así, aunque será un enorme caudal económico que sobrepasará, como azud lleno, las restricciones restantes de una sociedad separada no de ‘iuris’ pero si de facto.

Beijing, Altanta, el lavado de imagen y la generación de beneficios
A este sentido y como he comentado, es sorprendente la unión de las nuevas empresas de capital ‘negro’ con las clásicas de capital ‘blanco’, perdón por la simpleza de la adjetivación, en una especie de ‘joint venture’ del capitalismo, que parece un remedo de la película ‘Invictus’, pero que indica que el dinero une intereses y credos.

De esa ensalada de intereses estéticos y culturales, económicos, sociales, etc., nace un furor por verter hormigón, por colocar encofrado, que es, al final y a la postre, junto con los derechos de retransmisión de televisión, el corazón de todo esto. El hormigón y la televisión enriquecerá a muchos pero, ¿enriquecerá a todos?, ¿abrirá el cofre de las riquezas para una sociedad empobrecida y desempleada? y, sobre todo, ¿no habrá servido todo este artificio de grandes obras para enriquecer a unos pocos y dejar, después, tras el abandono de todos los proyectos, hipotecado el futuro de todos?

Estas enseñanzas son directa e inmediatamente trasladables desde el caso de España.

A esto podemos añadir algunos más que no se dieron en España pero podrían darse en Sudáfrica. Por un lado y en comparación con la opulenta y fantástica representación de la ‘nueva’ China en los juegos olímpicos de 2008 en Beijing. ¿Hasta dónde llegó el cambio de la sociedad, al menos en su arquitectura, urbanismo y ordenamiento? No implicó un abuso contra los más pobres, una recreación sutil pero terrible del extrañamiento con bulldozers y operarios. Estos hechos se han dado en Sudáfrica y, puesto que las poblaciones afectadas han sido negras, parece haber revitalizado aquel concepto de ‘racismo’ económico que existe en Sudáfrica. Los pobres negros son más pobres y tienen menos derechos.

Los diferentes organismos organizadores pondrán especial cuidado en la vigilancia de estos factores ‘externos’ y cuya publicidad negativa puede ensombrecer el desarrollo del ‘negocio’

Beijing fue paradigmática en este caso, cambió la ciudad, expulsó a habitantes, acosó y probablemente amenazó a muchos para crear sus estupendos estadios que después, ahora, no sabemos si se emplean o no, ya que una férrea censura y control de medios y mentes no nos permite evaluar. Esa sería otro asunto a revisar, el Mundial como evento global intenta proyectar la imagen positiva y beneficiosa de las ventajas que traerá consigo, ya las hemos enumerado, pero al tiempo también desea, por el propio bien económico del evento, que los asuntos escabrosos, amenazantes, de riesgo queden bastante ocultos. Hablo de la certeza de que sin el apoyo suficiente y continuado del Estado sudafricano, aunque deba desastistir otras ‘cuentas’ de mayor necesidad, el éxito del proyecto estaría en el alero.

De esta forma, no dejo de pensar que todo este mundo, los eventos deportivos internacionales, al final son espectáculos bienintencionados para un primer mundo que como en un circo se congratula de ver moverse a las fieras o a los payasos creyendo que el mundo es así, a su imagen y semejanza. Pero solo es un atrezzo, un arreglo decorativo y floral para dar al mundo rico la mejor imagen, para seguir vendiendo el mismo pasado, el mismo presente y un futuro incierto.

Un último punto de este pensamiento dejado volar sería: ¿qué ocurriría si se dejara totalmente a la iniciativa privada la organización y financiación de los juegos? En este caso el colapso o el fracaso estaría cerca de asegurarse. Si en los juegos de 1996 de Atlanta (EEUU), los posteriores inmediatamente a los exitosos de Barcelona 92, el peso de la organización fue privado y, no solo privado, sino centrado en la gran multinacional Coca Cola, vimos como la organización, las instalaciones y, en general, todo el dispositivo se reducía y quedaba en evidencia frente al apoyo generalizado de las instituciones de los juegos anteriores.

En esos juegos se vieron que había deportes de primera, los que atraen, los que ‘se venden’ y una miríada de pequeños deportes que, como los habitantes de las regiones donde se ubican los estados o las necesidades básicas que se posponen para cubrir presupuestariamente estos fastos, quedan olvidados, casi escondidos, un poco dejados de la mano del lema olímpico “Citius, altius, fortius”, que se traduce en “Dinero, ego y visibilidad”. Y todo esto en el país más poderoso y con más recursos del mundo, en cualquier otro hubiera sido un desastre de dimensiones ‘olímpicas’.

De esa ensalada de intereses estéticos y culturales, económicos, sociales, etc., nace un furor por verter hormigón, que es, junto con los derechos de retransmisión de televisión, el corazón de todo esto

En estas olimpiadas, las de Atlanta, también se supo de las dificultades económicas para llegar en los resultados finales a los números negros y de la casi imprescindible benevolencia de los estados para dar apoyo a estas iniciativas, si no queremos que la enorme realidad económica nos despierte de esa adormecida realidad de hermandad y deporte mezclado con negocio.

Por todo esto, por lo que tiene de tramoya escondedora y engañosa, trampantojo televisivo sobre unas sociedades que desearían representar lo que la televisión nos enseña y nosotros, los televidentes, nos creemos: esas estupendas coreografías y esas edulcoradas imágenes, es por lo que hace albergar dudas y pensamientos.

Por otro lado los beneficios, en el caso de España evidentes, en el de China no, en Sudáfrica sinceramente lo deseo, son los que animan a tomar estas iniciativas de ‘riesgo’. Ániman a estar en esa carrera del boato, el dispendio, pero también la inversión y el desarrollo. Supongo que los diferentes organismos organizadores, el COI, la FIFA, pondrá especial cuidado en la vigilancia de estos factores ‘externos’ y cuya publicidad negativa puede ensombrecer el desarrollo del ‘negocio’ al que caminan juntos.

De esta forma, los eventos tienen muchísimos inconvenientes, enormes, como indiqué acerca de la candidatura de Madrid para organizar los juegos olímpicos de 2016, pero también muchas ventajas, que de ser gestionadas de manera adecuada, minimizando los efectos negativos, luchando contra los ‘enjuagues’ y ‘triquiñuelas’ que todo corrupto en potencia esconde y, sobre todo, siendo sensible al entorno humano, medioambiental, social y cultural. Estas inversiones pueden adelantar, sinestésicamente, un futuro que no será el de los grandes edificios y grandes estadios llenos de gente vociferante y alegre, pero sí el de los grandes proyectos y del futuro.


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