Martes 25 de marzo de 2014,
Bottup.com

Swingers: préstame a tu esposo

1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos6 puntos7 puntos8 puntos9 puntos10 puntos (Valora el artículo)

RELATO / Dicen que la infidelidad es el Dios del matrimonio. Muchos, a hurtadillas, han sacado los pies del plato para vivir a escondidas excitantes romances

Los swinngers son lugares dónde los preceptos religiosos y morales siempre salen sobrando y estar con alguien que no sea tu pareja es la principal atracción que se ofrece.

Decidí sacar aquella mujer arrebatada y liberal que mi cerrado entorno me obliga a esconder y acudí a uno de estos lugares, se llamaba 6Y9. Mi novio tenía buena apariencia y yo lucía una negra falda con un escote más grande que el de mi ajustada blusa floreada. Luego nos atendieron dos señoritas muy refinadas, eran las relacionistas públicas, quienes nos ofrecieron de tomar y nos enseñan los ambientes.

Según el decálogo de los swingers, quienes se arrepienten a medio camino son parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros

Mientras ingresábamos iba pensando en las fantasías que más adelante podría realizar. Mientras mi novio tomaba mi mano, recordé que según el decálogo de los swingners: “quienes se arrepienten a medio camino son parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros”.

Eran ya las doce de la noche y unas treinta parejas se habían acomodado en la sala de los ligues, aquel grupo de gente deseosa de placer, las mujeres luciendo las piernas con pequeñas minifaldas y los hombres llevando el cutis muy bien afeitado. En este mercado de cuerpos estamos expuestos a llevarnos gato por liebre, pero igual seguíamos mirándonos fijamente, mientras muchos habían iniciados ya encuentros carnales con parejas ajenas.

La tensión aumenta. En aquel instante éramos un par de buyeristas, pero una ola de gente traspasó a nuestro lugar. Era el momento más decisivo, ese trueque carnal que me haría faltar al noveno mandamiento en la cara de mi pareja Alfreth, ya no tenemos ganas ni de besarnos.

En medio de un pasillo iluminado nos despojamos, no solo de la ropa, si no de la última pizca de pudor que había en nosotros. Nos envolvimos en unas blancas toallas, paseamos por el lugar y, en una inmensa cama, contemplé el sexo en todas sus dimensiones y proporciones: diez parejas se amaban desesperadamente.

Miraba nerviosa, “acaso estaré lista para ser parte de este grupo”. Recordé que cuando tenía quince había participado de un trío, pero esto era más que ello. Todos hacen el amor sin temor de las miradas extrañas. Me armé de valor y para excitarme un poco le hice sexo oral a mi pareja, y luego un calvo me besaba la oreja. Entonces, sin proponérmelo, con esta actitud me había lanzado en aquel mar de almas que lo único que querían era gozar con una experiencia diferente. Todos me tocan y me empujan en una ola de deseo, un compañero no dejaba de manosear mis senos, creí que era el hombre calvo, o una mano ajena. Mientras la esposa de un sujeto que me acariciaba me mira con excitación, y nos hacemos un bailecito lésbico, para calentar a quienes observan este tipo de devaneos.

Imaginé que el aposento sería como aquellas estéticas imágenes que se exhiben en el cine, con cuerpos atléticos (…) pero son personas reales, viejos panzones, calvos, gordos y mujeres siliconeadas

He hablado con más de media docena de parejas y todas opinan que los swinngers son un antídoto para la infidelidad. En este club de intercambio imaginé que el aposento sería como aquellas estéticas imágenes que se exhiben en el cine, con cuerpos atléticos, que estarían aquí, en este club de intercambio de pareja. Pero son personas reales, viejos panzones, calvos, gordos y mujeres siliconeadas.

Entonces mi novio me jala fuertemente, quería saber si él tenía celos o no. Le pregunté, mirándolo a los ojos, quería ver sus celos por haber sido la más libertina de la noche.

Entonces lo vi hacer el amor con una chica muy joven. Pero luego se nos acercó otra pareja, una hermosa señora, que se le parecía a su maestra de matemáticas, y podía desatar aquel instinto. Pero el esposo era horrible. Entonces aquella mujer liberal se derrumbó ante aquel esperpéntico hombre. Huimos del lugar sin importar los decálogos ni las miradas absortas de más de uno.


Subtítulo y destacados

¿Te gustó este artículo? Compártelo

Sobre el autor

Participa con tu comentario