Viernes 09 de diciembre de 2016,
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Dos españoles relatan su experiencia tras el seísmo de Chile

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Aferrados a los marcos de las puertas sin entender muy bien qué pasaba, sin saber muy bien si eso era lo que había que hacer, intentábamos mantener el equilibrio mientras el suelo se movía a su antojo

Yo me encontraba anestesiado, como si todo aquello no fuera conmigo, como si sucediera en un mundo paralelo, diferente. Contemplaba la escena con los sentidos ausentes y la mente en blanco, espectador atónito de algo que no se sabe muy bien si es real. Mònica, en cambio, estaba aterrada. Lo vivía con toda la intensidad y el pánico del jugarse la piel, sintiendo la impotencia del que sabe que nada puede hacer y que todo le puede pasar. Convencida de que todo le iba a pasar.

Todo había empezado instantes antes, en medio de la noche. La casa empezó a temblar suavemente y de repente todo se agitaba a un ritmo frenético. El temblor te empujaba contra las paredes, contra los muebles, te tiraba al suelo mientras intentabas llegar al marco de una puerta sin estar seguro de que hacer aquello fuera lo correcto. Al menos era lo que teníamos más a mano. Lo único que teníamos a mano. Cuando terminó, un silencio devastado invadió la casa, un silencio únicamente roto por el sonido del corazón en las sienes que se encargaba de desmentir la impresión de que aquello había sido una broma macabra. El seísmo duró dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

Se llamaban a gritos en la oscuridad, intentando localizarse y abrazarse

Sabíamos que Chile era tierra de terremotos, así que nos asomamos a la calle con la incertidumbre de saber si el temblor había sido cosa normal o si se trataba, como nos había parecido, de algo bastante más serio. Las calles de Pichilemu estaban casi desiertas. Sólo algunas personas deambulaban por ellas con rostro alucinado. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas. Gritaban los nombres de los suyos intentando cerciorarse de que estaban todos bien. Los imitamos y cogiendo algo de ropa de abrigo salimos a averiguar qué era lo que venía después.

En nuestros apartamentos había ya mucho movimiento. La gente bajaba las escaleras cargada de maletas, con los niños en brazos, en un silencio apresurado que hablaba del terror, de cuando el terror ya no te deja ni gritar. En medio del caos, Gustavo intentaba poner un poco de orden. “Suban a los autos y diríjanse al cerro”, gritaba una y otra vez, acompañando a sus huéspedes hasta la puerta de sus coches. Estaba desalojando las cabañas, manteniendo la calma cuando casi todos los demás la habíamos perdido. Nosotros estábamos petrificados en medio del follón, sin auto al que dirigirnos, cuando nos cruzamos con su mirada. “Ustedes se vienen conmigo”, dijo.

Sentados en el asiento trasero del vehículo esperábamos a Gustavo en compañía su mujer y su nieto, tan aterrados como nosotros. Ya todos los huéspedes habían salido hacia el cerro y Gustavo había ido a coger su móvil y a cerrar el negocio en previsión de posibles saqueos. Tardo un minuto, había dicho, y ya iba uno y medio. Mientras tanto, desde el coche, todos mirábamos al mar, al mar que estaba sospechosamente calmado, al mar cuyo movimiento resultaba extraño, como si el oleaje luchara contra una corriente adversa que lo empujaba de nuevo al océano, lejos de la playa; al mar que ya preparaba la gran ola que había hecho huir a la gente en dirección a las montañas. Gustavo regresó a los dos minutos, dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

La ola
Con la mirada perdida, la fuga hacia el cerro desfilaba por la ventanilla. En el coche sólo se oían los rezos de Gustavo y Mari. Rezaban por ellos, por nosotros, por todos. Esa susurrada salmodia que quebraba el silencio y rogaba por sobrevivir, lejos de tranquilizar inquietaba aún más. Acentuaba la sensación de que en la huida de la ola nos estábamos jugando la piel. Una ola que ni siquiera sabíamos si iba a llegar. Nadie quería estar allí para comprobarlo.

En el camino de tierra, de un solo carril, la fila de coches avanzaba despacio y en silencio, como sus ocupantes, como la gente que, sin locomoción, caminaba apresurada hacia el abrigo del monte. La sensación de calma, de orden, contrastaba con la necesidad imperiosa de llegar rápido a la cima, sin embargo no se escuchaba ni una mala bocina, ni un solo grito, todo el mundo mantenía la serenidad con un sosiego que parecía irreal. Quizás la educación sísmica que reciben desde pequeños fuera la causa, o quizás fuera porque estaban demasiado alterados para alterarse más. Fuera lo que fuere, la lenta procesión consiguió que la subida al cerro no añadiera más desgracias a las que ya teníamos encima.

Cuando llegamos, la cima estaba llena de coches aparcados de cualquier manera y de gente que llevaba encima lo poco que había podido pillar para abrigarse. Hablaban entre ellos y se contaban que había sido el temblor más fuerte que recordaban, mucho más que el del 85, se preguntaban si tenían noticias de éste o aquel, se llamaban a gritos en la oscuridad, intentando localizarse y abrazarse. Todo el mundo trasteaba sus móviles intentando contactar con la familia pero las líneas casi no funcionaban hasta que dejaron de hacerlo del todo. Nosotros conseguimos enviar un mensaje de texto a nuestros padres diciendo que estábamos bien. Después de eso, el silencio. No sabíamos si había llegado, si los habría tranquilizado o asustado, o si simplemente seguían a oscuras preguntándose si estábamos a salvo o ya no estábamos. De todas formas nuestra angustia desaparecía al mirar alrededor. Al fin y al cabo nosotros sufríamos por si los nuestros sufrían, el resto sufría por si los suyos vivían.

Una veintena de mangantes salían de la casa cargando botellas, mesas y sillas

Cuando se apagaron los móviles y las conversaciones empezaron a encenderse las primeras fogatas. Pronto la montaña se lleno de hogueras que más que luz daban calor ya que de la claridad se encargaba la luna, una luna espléndida cortejada por miles de estrellas, un panorama extraordinario que la naturaleza nos brindaba como si con eso pudiera hacerse perdonar, la muy hipócrita.

Pronto empezaron a sonar las radios de los coches. Sólo se sintonizaba ‘Entre olas’, la radio local de Pichilemu, que funcionaba gracias a un generador eléctrico propio, ya que el pueblo estaba completamente a oscuras. No tenían ninguna comunicación con el exterior, así que sólo podían limitarse a pedir calma a la población, a recordar que se dirigiesen a las zonas seguras y a intentar poner en contacto a los que aún estaban perdidos. De qué había pasado, qué magnitud había tenido, si había victimas, si venía la ola, nada de nada. Hasta que llegó la ola. Informaron que había destrozado toda la zona costera llevándose todo lo que encontró a su paso. Debíamos permanecer en las montañas hasta que se hiciera completamente de día. Como si eso fuera fácil para una gente que podía haberlo perdido todo, todo menos la vida.

Hasta el amanecer, pues, una eterna espera plagada de frío, réplicas, inquietud, réplicas, incertidumbre, réplicas, miedo, réplicas. Maxi, el nieto de Gustavo y Mari, se retorcía inquieto con cada nuevo temblor, con una cara de miedo que daba ganas de llorar. Nosotros intentábamos colaborar distrayéndolo como podíamos, seguramente más asustados que él.

Una vez despuntado el alba, una furgoneta de los carabineros informó por megafonía que se podía bajar a la costa a recoger comida, medicamentos, ropa, cosas que fueran totalmente imprescindibles, siempre que no se permaneciera allí mucho tiempo y se fuera con cuidado. Nosotros necesitábamos más ropa de abrigo y la documentación. Mari quería saber cómo estaba la casa y conseguir algo de comida y agua. Gustavo y yo decidimos bajar.

La resaca
La radio informaba de que en la parte afectada por la ola se estaban produciendo saqueos. Las mercancías de la feria de artesanía y del supermercado habían quedado expuestas a la codicia de los que ya sólo tienen de eso, que estaban dando rienda suelta a su rapacidad. De momento no había noticias de saqueos a casas u hostales pero Gustavo estaba inquieto por si la suya, después del maremoto, también estaba siendo víctima de los desaprensivos de siempre, así que fuimos directamente allí sin fijarnos demasiado en los estragos provocados por el seísmo.

Las cabañas, aunque estaban en primera línea de mar, estaban intactas. El que estuvieran un poco más elevadas que el resto de la costa, protegidas por una duna providencial, debía haberlas salvado.  Los saqueadores, de momento, las dejaban en paz. Les resultaba más fácil desvalijar un restaurante al otro lado de la calle que había perdido las paredes a causa del temblor. Una veintena de mangantes salían de la casa cargando botellas, mesas, sillas, todo lo que pillaran con tal de saciar su sed de rapiña. Cogimos ropa, documentación, comida y agua y, después de cerrarlo todo con llave, salimos de allí pitando, no fuera que alguna de las réplicas fuera más que una réplica y nos encontráramos de nuevo con una ola pisándonos los talones.

De vuelta al cerro decidimos pasar por la parte baja de la costanera para ver los daños. La imagen que encontramos no desmerecía a las peores películas americanas de catástrofes. Del paseo por donde habíamos deambulado la tarde anterior ya no quedaba nada. Los restaurantes, las casas, los comercios, los contenedores, todo había sido arrancado de cuajo. En su lugar se habían instalado el barro y los escombros, y algunos barcos que habían quedaba varados tierra adentro. Días después supimos que la ola había sido de ocho metros, que había tardado cuarenta minutos en llegar y que había penetrado cuatrocientos metros tierra adentro. A día de hoy aún no está claro cuantas víctimas hubo en Pichilemu, en todo caso parece que por suerte fueron pocas. Aquel panorama apocalíptico hacía pensar en algo mucho peor.

Mònica esperaba angustiada en el cerro, preocupada por si el mar volvía a salirse de su lecho y nos engullía a Gustavo y a mi. Nos recibió con un resoplido de menos mal, pero el miedo de su cara no menguó ni un ápice. Aún tenía terror al mar, y aunque a salvo en la montaña, el mar aún estaba demasiado cerca. Mientras Mari organizaba un poco la comida para desayunar algo, Gustavo explicaba cómo de devastado habíamos encontrado el pueblo. Yo no explicaba nada, no me podía quitar de la mente aquella imagen tantas veces repetida en los telediarios pero vista esta vez sin pantalla de por medio.

Después de compartir la comida con quien no tuvo la suerte conseguir nada, no podía ser de otra forma tratándose de Mari y Gustavo, había que decidir qué hacer. El cerro ya se estaba vaciando pero no queríamos volver a las cabañas, tan cerca del mar. De Pichilemu no podíamos salir, las noticias decían que las carreteras estaban cortadas y no había forma de abandonar el pueblo. Quedarnos más tiempo en la montaña, sin lavabos, sin agua, tirados en el suelo de cualquier manera, no parecía la solución. Así pues, Mari decidió que iríamos donde Martita y su familia, una amiga suya que colaboraba en la limpieza de los apartamentos en que nos alojábamos. Su casa se encontraba a mitad de la subida al monte, a bastante altura, así que allí estaríamos más seguros que cerca de la playa y más cómodos que en el cerro.

Y como es normal, Martita nos acogió. Y digo como es normal porque allí, en medio de la desgracia, todos compartían, todos ayudaban, todos consolaban. O la tragedia sacó lo mejor de la gente de Pichilemu o la gente de Pichilemu tiene mucho bueno dentro. La casa no era demasiado grande así que nos instalamos en el jardín con unos colchones tirados por el suelo, un lavabo a mano y una familia que estaba allí para lo que necesitáramos. En ese momento las réplicas ya se habían vuelto algo normal. De vez en cuando temblaba el suelo, la casa crujía, pero el susto no era ya tanto. Eso permitía percibir más intensamente los detalles, cómo la tierra se movía bajo los pies de forma ondulante, como si estuviera hecha de algún material blando y flexible que se pudiera moldear con facilidad, como si todo fuera un juego de niños para la inmensa fuerza que agitaba constantemente la corteza terrestre. Solamente Mònica y Maxi seguían igual de tensos después de cada temblor, con el primer miedo intacto, como si ése fuera el definitivo, el que iba a acabar con ellos.

En aquel patio recibimos las primeras noticias del alcance del terremoto gracias a @noquierouser, hijo de Martita, que no se sabe cómo tenía acceso a Internet a través de su móvil y nos mantenía informados gracias a Twitter, que demostraba de nuevo su eficacia como medio de comunicación rápido e independiente en momentos de crisis. Así alcanzamos a comprender la gravedad de lo ocurrido, uno de los diez mayores seísmos registrados en la historia.

Al llegar la noche decidimos volver al cerro para estar aún más seguros. Martita y su familia se quedaron en su patio, instalados en una tienda de campaña. No estaban dispuestos a dormir dentro de la casa, por si las moscas. La cima de la montaña estaba llena de nuevo, pero esta vez la organización era bien diferente a la de la noche anterior. Todos los coches estaban aparcados en orden y había bastantes hogueras diseminadas por el lugar. Camiones de bomberos distribuían agua potable y había una ambulancia allí instalada permanentemente por si alguien sufría algún problema de salud. Nosotros cinco nos instalamos como pudimos en el pequeño coche de Gustavo para pasar la noche.

Nos mantenía informados gracias a Twitter, que demostraba de nuevo su eficacia

El frío, los temblores y el dolor de espalda no me dejaron dormir demasiado, pero algo dormí, en cambio Mònica no pegó ojo en toda la noche. El mar aún estaba demasiado cerca. El sol se asomó por fin y, agotados por el cansancio y el nerviosismo, en nuestra mente se repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿y ahora qué?

La huida
El carabinero que nos atendió estaba exhausto. Su cara revelaba que había estado trabajando más horas de las que un cuerpo cualquiera puede tolerar, y aún seguía. Nos aseguró que las carreteras de salida de Pichilemu ya estaban transitables aunque había que tener cuidado ya que habían algunas grietas y desprendimientos que entorpecían el paso. Así pues, el plan seguía adelante. Abandonaríamos el pueblo para ir a Chépica, donde Gustavo y Mari tenían otra casa, en parte para alejarnos del mar, en parte para visitar a sus hijos, que vivían allí.

Nos dirigimos, pues, a las cabañas a recoger nuestros bártulos, que por suerte estaban intactos, y nos embutimos en el coche, ocupantes, maletas y víveres, hasta que casi no quedó espacio para respirar. Sobrecargados más de lo aconsejable, no había cómo hacerlo de otra forma, emprendimos el camino al interior. Saliendo del pueblo nos cruzamos con varios autoestopistas que carteles en mano rogaban con mensajes como “a cualquier sitio en el interior”, o “por favor, queremos irnos lejos de Pichilemu”. En nuestro coche no cabía nada más.

Una vez en la carretera comprobamos que lo de las grietas en la calzada era totalmente cierto. Constantemente se observaban rajas en forma longitudinal como delimitando los dos carriles y, de vez en cuando, la cosa se volvía más seria, con hundimientos de partes enteras de hasta un metro de profundidad. Más preocupante era cuando el camino resquebrajado discurría por encima de un puente, y había unos cuantos. Sabíamos que el coche pesaba demasiado y conteníamos la respiración mientras Gustavo conducía lentamente atento a cualquier ruido o movimiento extraño.

Pero eso no fue lo peor. Ni siquiera se acercaba a lo peor. En Pichilemu los daños los había causado, en su mayoría, la ola. Las casas habían aguantado bien el temblor. Su estructura de madera, flexible como es, les había permitido aguantar el movimiento. Pero en los pueblos del interior la mayoría de casas eran viejas y de adobe, y el adobe no es amigo de los terremotos. Pasamos, pues, por algunos pueblos en los que la mayoría de sus edificios estaban derrumbados. De Peralillo no quedaba apenas nada. La plaza de Santa Cruz, donde habíamos estado días antes, estaba casi toda en el suelo. Y en Chépica…

En Chépica había mucho adobe y estaba casi todo destruido, con viviendas destrozadas y otras que tendrían que ser demolidas a causa de los daños. La mitad del pueblo estaba en ruinas. Por suerte la casa de Gustavo y Mari que era bastante más nueva y sólida y se mantenía en pie, igual que sus dos hijos, que se sorprendieron al vernos llegar. Allí no había agua corriente, ni luz, ni nada. Casi estábamos mejor en Pichilemu.

Poco a poco los vecinos fueron pasando por la casa familiar para abrazarse y contarse cómo vivieron el terremoto. Algunos habían perdido su casa, las de otros tenían tantos daños que no estaban seguros de si podrían conservarlas. Las conversaciones eran serenas y exentas de dramatismo, se felicitaban por estar vivos y encaraban el futuro con una actitud positiva que no dejaba de admirarnos, nosotros que somos tan dados a llorar por las desgracias y a lamentarnos de nuestra mala suerte. Lo que más sentían todos, casi más que sus propias pérdidas, era la desaparición para siempre del Chépica colonial, todo edificios viejos de adobe, y el derrumbe de iglesia del pueblo. La escena parecía sacada de la España de hace cincuenta años, cuando, según cuenta mi madre, los vecinos importaban, se visitaban, se relacionaban, hablaban, se saludaban.

Revisando los destrozos pudimos presenciar una escena enternecedora, Mari y el cura del pueblo llorando abrazados delante de las ruinas de la iglesia. Yo no soy muy partidario de las religiones, la mayor parte de las veces me enciendo cuando escucho las opiniones de sus jerarcas y sus injerencias en la vida de cotidiana de los no creyentes, pero aquella sola imagen, junto con la hermandad y cariño que se profesaban los vecinos, nos hicieron ver la parte positiva del asunto, la del pueblo llano. Aunque quizás no fuera eso. Quizás es que simplemente eran buena gente.

En Chépica, Mari consiguió comunicarse, al fin, con el resto de la familia, incluida su hija, la madre de Maxi, que estaba en Valparaíso y aún no había logrado salir de allí para reunirse con su hijo. También supo de su hermana, que vivía en San Fernando, donde tenían agua y luz eléctrica, así que sin tardar un minuto nos dirigimos todos hacia allí, donde nos esperaba una ducha caliente, la comida en la mesa, y un televisor para ver, por primera vez, imágenes de la tragedia. Y por supuesto otra familia dispuesta a dártelo todo. Y qué dices ante otra muestra de generosidad así, otra más. Qué dices cuando te recuerdas a ti mismo mirando hacia otra parte cuando alguien necesita ayuda.

Allí conseguimos, por fin, hablar por teléfono con nuestra familia, un montón de horas y de inquietud después del terremoto. Allí conseguimos, por fin, olvidarnos por un rato del estrés vivido, de la incertidumbre, del desamparo. Allí conseguimos, por fin, hacer reír a Mònica y a Maxi, sin un atisbo de sonrisa desde el momento del primer temblor.

Sabíamos que el coche pesaba demasiado y conteníamos la respiración

Para dormir volvimos a Chépica, donde Gustavo y Mari nos cedieron su habitación, sin posible discusión, es vuestra y ya está. Nos acostamos y justo después de meterme en la cama, ¡una cama! pude contemplar el dormir de Mònica. Mònica ya reía. Mònica ya dormía. Estaba claro que la cosa iba mejor.

El descanso
Después de un rato de conversar en círculos por fin entendí lo que sucedía. Gustavo y Mari no querían que nos fuéramos. En esos tres días tan intensos, los más intensos de nuestras vidas, el cariño se había ido acumulando de forma acelerada, en esos tres días ya nos conocíamos de toda la vida, ya nos queríamos de toda la vida. Separarnos significaba, seguramente, no vernos nunca más, y despedirse de alguien que en tres días ha entrado para siempre en tu mundo es doloroso. Pero ya habíamos decidido irnos a Santiago, en parte por huir de aquel entorno de destrucción y estrés, en parte por no estorbar más y dejar que la gente empezase a organizar el resto de su historia sin tener que preocuparse por nosotros. No había vuelta atrás.

Antes de llegar a la estación de autobuses Mari ya nos había colocado en el hostal que su prima Jessica tenía en Santiago. Cuando lleguéis me llamáis, nos decía cuando estábamos frente a la puerta del autobús. Y lo decía con lágrimas en los ojos, las mismas lágrimas que nublaban, también, los ojos de Gustavo, las mismas lágrimas que me hicieron el vacío en las entrañas y me tapiaron con cemento la garganta. Los chicos no lloran pero se hacen mierda por dentro mientras retienen el llanto ahí, justo entre los ojos, justo donde las lágrimas luchan por derramar los sentimientos apresados.

En el autobús, seis horas de un trayecto que normalmente se hace en tres, contemplando carreteras destruidas que se tienen que sortear, puentes en mal estado que se pasan a dos por hora, casas y casas y casas que ya no son casas, son puro escombro. Y en el fondo de todo, mientras miras por la ventanilla, la sensación equívoca de que de tanta desgracia, de tanto sufrimiento, surge un vínculo de por vida.

Jessica y su hijo nos esperaban en la estación para llevarnos al hostal a través de Santiago, un Santiago que no mostraba demasiados desperfectos, que aparentemente seguía su vida cotidiana de gran ciudad mientras, con dignidad, sobrellevaba las heridas por dentro, en silencio.

Allí nos esperaba una habitación enorme, con una cama enorme, de una calidez enorme, que prometía la paz tan anhelada. Pero descansar no es tan fácil cuando hay quien no tiene descanso. Para nosotros era sencillo, recogemos bártulos y seguimos viaje, o regresamos a casa, o nos vamos a vivir a Saturno, pero para los afectados de verdad por el seísmo, los que perdieron su casa, su familia, sus nervios, para esos no hay tregua, esos tienen que empezar a solucionar su vida al día siguiente, a luchar para rehacer lo que durante tanto tiempo construyeron y se perdió en unos pocos minutos. Y ese es un trabajo enorme, gigante, bestial, que se tiene que hacer acechado por el dolor y por los recuerdos, que amenaza con devorarte y dejarte exhausto en un rincón, suplicando que acabe ésto de una vez cuando ésto no ha hecho más que comenzar.

Sintiéndote un poco egoísta te das la vuelta y te dispones a dormir intentando que la pesadilla se transforme lo más rápidamente posible en recuerdo. Y antes de caer rendido por fin, pasan por tu mente Gustavo, Maxi y Mari, que te lo dieron todo cuando todo estaba en juego. Y te juras que le debes otra visita a Pichilemu, que ésto no puede terminar así, que es una suerte tener dos familias en una sola vida.

Más información: www.mundocroqueta.com

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1 comentario

  1. Anónimo 08/04/2010 en 11:20

    Realmente impresionante.
    Leyéndolo, uno se siente como si lo hubiese vivido en directo

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