Lunes 23 de octubre de 2017,
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Todos intranquilos: las políticas económicas funcionan perfectamente

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Sabiendo lo que saben -que la prosperidad y la recesión son dos enfermedades contagiosas de la economía-, los poderes tanto privados como públicos hacen lo que han hecho siempre ante una crisis: lo incorrecto

Opinión

“Basta remitirse al magnífico texto “El malestar en la globalización (…) para darse cuenta de que no hay organizaciones capaces y dispuestas a reducir la desigualdad entre ricos y pobres”

Basta remitirse al magnífico texto “El malestar en la globalización”, escrito, nada más y nada menos, que por un economista que trabajó en el Banco Mundial y compartió el Premio Nobel (2001) de su disciplina, para darse cuenta de que no hay organizaciones capaces y dispuestas a reducir la desigualdad entre ricos y pobres.

Hay pocas conclusiones en el texto, pero son tan significativas que no hace falta ninguna otra información:

“¿Por qué confiamos en que la situación actual se resolverá sin perjuicio para la mayoría? La mayoría es pobre, y sin embargo es quien carga con el peso de los errores en mayor proporción cuando soplan malos vientos económicos”

La primera, que dos instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial para garantizar un colchón frente a las crisis y reducir el abismo entre los países (o grupos de personas) ricos y los pobres han fracasado estrepitosamente una y otra vez. Dichas instituciones son el Fondo Monetario Internacional (FMI), y el Banco Mundial (BM).

La segunda conclusión, es que aunque parezca mentira la economía de nuestro pueblo, nuestra casa, nuestra rutina diaria, y por supuesto las empresas de todo el mundo, especialmente las que comercian con valores (es decir, las del mercado financiero o “bursátil”) están íntimamente relacionadas y de hecho no pueden existir las unas sin las otras. Léase de esta manera: lo que hagan o decidan los directores de los bancos y fondos, influye tanto como lo que hagamos nosotros en la economía de nuestro hogar, y eso vale para cualquier rincón del planeta. Esto es así debido a la herencia que vivimos de una época colonial, en que todavía no se han superado ni de lejos las diferencias entre los países explotadores y los países explotados.

“Pueden ampliar esta información leyendo sobre Stiglitz, o bien haciéndose con un ejemplar de “El malestar en la globalización”, su texto más claro y sincero”

Así pues, no podemos estar tranquilos porque no estamos en buenas manos. Las personas y los grupos encargados de modelar la economía del planeta y por tanto la de cada uno de sus individuos, han metido la pata cada vez que han tenido la oportunidad de arreglar una crisis, de prevenirla, o de informar imparcialmente sobre lo que realmente estaba -y está- sucediendo en cuanto al dinero. Sí, el dinero, de que no en vano se dice que “hace girar al mundo”.

¿Por qué confiamos en que la situación actual se resolverá sin perjuicio para la mayoría? La mayoría es pobre, y sin embargo es quien carga con el peso de los errores en mayor proporción cuando soplan malos vientos económicos.

Las reservas, como son las que fijan el precio del dinero, -por ejemplo, la famosa Reserva Federal de los Estados Unidos (USA)- ¡han vuelto a bajar los tipos de interés cuando saben por experiencia que no sólo no mejorará, sino que con ello, la economía mundial sufrirá una crisis más duradera, más profunda, o ambas cosas a la vez!

¿Se puede ser más incompetente y menos precavido? Joseph E. Stiglitz, el premio Nobel de Economía que les mencioné al principio, piensa que no. Yo he leído su libro y me inclino a pensar mal, para acertar: no sólo no pueden evitar las crisis, los altibajos, y los sufrimientos humanos reales que conllevan sus decisiones; no: los poderes económicos, tanto privados como públicos, no quieren evitar ni paliar de ninguna manera las crisis ni los altibajos ni los sufrimientos humanos reales que conllevan sus decisiones en política económica.

Pueden ampliar esta información leyendo sobre Stiglitz, o bien haciéndose con un ejemplar de “El malestar en la globalización”, su texto más claro y sincero, y tomando buena nota de lo que en él se expone.

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