Lunes 05 de diciembre de 2016,
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Tristeza en los rostros de las gentes

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La educación no se adquiere solo en la escuela, sino que ha de ser complementada por la recibida de los progenitores

La hora y el día: cualquiera; la ciudad: una entre las muchas de España. Circulaba con mi viejo coche por las calles coruñesas, cuando el conductor de un lujoso vehículo hizo una maniobra en falso, en el sentido de que puso el intermitente indicando su desplazamiento hacia la derecha y, realmente, se fue hacia la izquierda; cometió un pequeño despiste, quizás, involuntario. Detrás iba otro automóvil, no menos lujoso que el anterior, que como consecuencia de la maniobra en falso del primero tuvo que cambiar de carril.

Al instante, mi cochecito y yo quedamos parados ante un semáforo, casualmente, en medio de los ‘ocho ruedas’ protagonistas del incidente. El caballero (digo caballero, aunque no se portó como tal) de uno de los coches –ya maduro– abrió la ventanilla y dijo: “¡Me cago en tu…!” Creo que nombró a alguien de la familia. Acto seguido el señor del segundo automóvil –joven– sacó la cabeza por el habitáculo, contestando: “Y yo en el tuyo”. Tampoco su postura fue la de un señor.

Asombrado mi 850 al ser testigo de lo que había pasado, me dijo: “¿Qué te han parecido  esos dos caballeteres?”. “Creo que han perdido las maneras”, le contesté.

Sigo yendo en mi coche, y conduciéndole como siempre lo hago, es decir, despacio, despacio… porque los años –los míos, más de setenta y…–, no me permiten hacerlo de otra forma. Escucho música, como siempre lo hago, y, a veces, miró por el retrovisor a una hermosa mujer de esas ¡qué quitan el hipo! Bien entendido: he dicho miro. ¡Cualquier día me voy a estrellar con las cuatro ruedas que circulan por delante de mí! Y me estará muy bien por viejo…verde, aunque entiendo que es culpa de mi corazón porque vive y late, porque vivir quiere decir soñar.

Asombrado mi 850 al ser testigo de lo que había pasado, me dijo: “¿Qué te han parecido  esos dos caballeteres?”. “Creo que han perdido las maneras”, le contesté

Otras veces, muchas más, cojo mi cochecito y me dirijo al campo: un viejo y buen amigo mío, al que ya nombro como ‘mi campo’. Me detengo a pasar un buen rato, leyendo aquellos libros que a todos nos gustan leer, y que nos tranquilizan sobremanera. Y este campo contiene hermosos y frondosos árboles, y pajarillos y flores silvestres y amapolas –las flores del bien, que no del mal–, que me recuerdan viejos y amorosos poemas de amor, y que, al escucharles acarician mis oídos y me engrandecen el alma. Las flores del bien que hacen convertirse a uno en un joven o viejo soñador, que hacen que el horizonte de la vida se nos muestre aún por descubrir, que hacen florecer en nuestro intelecto semillas –de amor y bondad–, perdidas en las entrañas de la tierra, porque allí las olvidé cuando mis manos sentían la frialdad del hielo…

Mientras la vida –esa vieja amiga vuestra y mía– sigue su inexorable recorrido ya preconcebido, y nosotros hacemos oídos sordos a sus indicaciones y sugerencias, que recibimos todos los días del Señor: “¡Sed prudentes al conducir, pues las carreteras están sembradas de cadáveres, que fueron muertos por nuestras propias limitaciones humanas!”, terminó diciéndome.

Y es que la vida –nuestra vida–, y no sé el porqué, sabe y comprende que no somos dueños ni de un sólo instante de ella. Sabe y comprende que no somos inmortales, sabe y comprende que tenemos nuestros recuerdos de supervivencia muy limitados y en todos los órdenes de la vida (esa vida que no es nuestra): somos gentes muy imaginativas los españoles, que no trabajadores precisamente, y siempre estamos soñando con nuestra chica de los ojos verdes.

El estrés a que estamos sometidos por nuestra manera de vivir, irritaciones contenidas –quizás del propio trabajo que desempeñamos (aunque hoy en día muchas personas no padecen estrés porque no pueden trabajar: no hay trabajo a la vista)–, disgustos de tipo familiar, complejo de superioridad e inferioridad, etcétera. Todo este cúmulo de premisas, y muchas más, influyen de forma muy negativa en nuestro carácter, y hace que nuestras conducciones lleguen a ser, en muchos casos, peligrosas para nuestros amigos los peatones, para los demás conductores y, por qué no, para nosotros mismos. Nuestra asignatura pendiente ha de consistir en reeducarnos cívica y vialmente hablando, para poder siempre desarrollar una buena seguridad vial. Nuestras armas a emplear, deberían ser: el respeto mutuo, la cortesía, la amabilidad… Erradiquemos la violencia, y fomentemos la reflexión.

Quizá no quieran entender que los niños siempre hacen lo que ven y oyen en sus casas

Mi cochecito y yo seguimos recorriendo las calles, y últimamente, hemos observado tristeza, mucha tristeza en los rostros de las gentes con las que nos cruzamos. Esos rostros –caras con amargura en su expresión–, nos hacen saber: ¡Que España va mal!, o que también el mundo marcha mal. Tendríamos que premiar la inteligencia, los buenos modales, la reflexión, la prudencia… (más bien todos estos dones de nuestro intelecto, y hoy por hoy, me da la sensación de que parecen molestar o molestan).

Por el contrario, aplaudimos las incorrecciones en nuestras conductas para con los demás, aprobamos las groserías que están al orden del día, despreciamos a nuestro prójimo cuando necesita de nuestra ayuda, e, incluso, cuando éste es objeto de malos tratos de palabra y obra (violencia de género, que se dice ahora, y que siempre existió…, pero no con tantas y tantas muertes de mujeres maltratas por sus maridos o parejas sentimentales (me da igual), que todos a casi todos los meses del calendario son portadas en los periódicos de venta diaria o en el mismo Internet. Miramos solamente nuestro confort personal, y ¡el que venga atrás… qué arree! ¡Vaya tropa la que somos!, digna de lastima, en verdad.

No he pensado ni por un momento el dar una clase de religión (para eso están los curas), aunque lo parezca. Creo que todo lo expresado se está estudiando en esa asignatura, que dicen que es tan importante: ‘Educación para la ciudadanía y los derechos humanos’, que ya se cursa en nuestras autonomías, aunque entiendo que no está dando los resultados apetecidos, y, a las pruebas me remito.

Quizá esos conductores de que he hablado al principio se comporten, y en sus casas, con los mismos modales que mostraron en la calle cuando conducían sus vehículos, quizá no quieran entender que los niños siempre hacen lo que ven y oyen en sus casas, quizá crean que con la asistencia a las clases de enseñanza los niños/as obtengan suficientes conocimientos para su formación… Nada más lejos de estos asertos: los jóvenes serán hombres de provecho el día de mañana si complementan la formación recibida –por parte de los profesores/as- en los centros de formación, con la recibida en sus casas por parte de sus progenitores. Así es (si así os parece), obra teatral de Luigi Pirandello.

Mariano Cabrero es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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