Jueves 08 de diciembre de 2016,
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Últimas horas (2ª parte)

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LITERATURA / Este relato narra las últimas horas en la vida de una persona agazapada en un recodo del invierno

La moquita de su enrojecida nariz y el aterimiento de sus manos disipan en estos momentos el ensimismamiento de nuestro hombre, avivándole la necesidad de encender el fuego en el viejo fogón.

El rito de encenderlo le reporta una de sus mayores compensaciones, pues una vez brotadas las primeras llamas, pasa el resto de sus horas vigilando sus oscilaciones y recreándose en las formas que le dicta su escasa imaginación.

Nuestro desangelado protagonista sabe que el humazo es el principal enemigo para su tos enfermiza, por lo que decididamente resuelve abrir el humilde ventanuco que da al callejón

Sólo deja su cálida compañía para descender en busca de los troncos astillados con su hacha en los días buenos, así como desaguar el oxidado orinal de las abundantes micciones que sus problemas de próstata le provocan.

Hoy, sin embargo, ocurre algo inusual: la niebla obliga al humo a descender, impidiendo la formación de las anheladas llamas, y luego de una dura pugna entre el hombre y el humo, acaba éste venciendo y expele una amplia bocanada que invade hasta el último rincón de una estancia que por momentos se ha ido congelando.

Nuestro desangelado protagonista sabe que el humazo es el principal enemigo para su tos enfermiza, por lo que decididamente resuelve abrir el humilde ventanuco que da al callejón, dando así paso a la otrora enemiga niebla, que irrumpe ahora con alegría y se funde en un abrazo con una humareda que lucha por impedir su expulsión.

Toda la estancia queda ahora invisible a los ojos de nuestro mentado amigo, que ya no sabría decir dónde se ocultan sus gatos ni si podrá sobrevivir alguna de las escasas viandas de la alacena a su ataque camuflado.

Rápidamente empuja los postigos del ventanuco y logra así salvar su vida de una muerte segura, anunciada por la niebla gélida.

Todavía con el corazón acelerado, se deja caer en la banqueta totalmente exhausto, sintiendo que la sangre borbollonea en sus sienes y el pulso se le dispara en las manos.

En tal estado de ánimo, nuestro hombre cree distinguir en un banco de niebla que resta por disipar unos escudriñadores ojos azules…

-Juraría que he visto antes esos ojos…- le dice un hilo de su voz, aunque dada su excitación, no podría asegurar con rotundidad si pertenecen o no a alguno de sus gatos.

Cree reconocer en los mismos a los ojos fríos y aguijoneadores de su padre, su misma mirada despectiva y reprochante ante todo lo que intentara hacer en la vida

-Sí, son ellos…, ¡sin duda!- grita ahora fuera de sí, creyendo reconocer en los mismos a los ojos fríos y aguijoneadores de su padre, su misma mirada despectiva y reprochante ante todo lo que intentara hacer en la vida, que si bien es cierto, pocas veces culminara con éxito.

Así, el negocio de trapos usados y lanas que emprendiera bajo los dictados de su padre, finalizó con una quiebra imprevista, producida por las pérdidas ocasionadas en su desmedida afición al juego y que tan en secreto llevara.

Por minutos, se contrae su rostro con un rictus de ansiedad, al recordar el retorno obligado tras haber agotado las últimas monedas y la cruel acogida paterna, de la que aún conserva una profunda cicatriz en la ceja izquierda, así como un dolor inlocalizable en la espalda.

Instintivamente, se acurruca en la banqueta, cubriéndose el rostro con las manos como un niño travieso que esperara el castigo por sus desmanes…, mas nada ocurre.

Temerosamente abre sus ojos sanguinolentos, comprobando que los espantosos objetos de su visión son ahora verduscos y pertenecen al gato negro que tan bien conoce, pues no en vano se considera su padre putativo.

-¡Mierda de gato!- maldice, arrojando al suelo con inusual violencia al pobre misino que ha permanecido todo este tiempo acurrucado en la alacena y que ahora emite un desgarrador lamento.

La tensión del momento le ha hecho olvidarse momentáneamente de su cuerpo, pero ahora no puede impedir que el humo acumulado en sus pulmones durante el entreacto, salga al exterior entre violentos espasmos de tos, mientras todo su organismo se estremece con escalofríos.

-Tengo los miembros entumecidos-, pronostica con lucidez desusada y sabe que ahora la lucha será contra la humedad que ha logrado calar sus huesos.

Ahora no puede impedir que el humo acumulado en sus pulmones durante el entreacto, salga al exterior entre violentos espasmos de tos, mientras todo su organismo se estremece con escalofríos

Desesperadamente se abalanza contra el fuego, al par que golpea con ahínco las yemas de sus dedos hasta notar que la sangre vuelve a circular por sus miembros.

Transcurridos unos minutos, el calor ha reanimado ya su macilento cuerpo y va haciendo manar abundante moquita de su sonrosada nariz.

-¡Vaya por Dios…! ¡Ya me he resfriado!– musita con resignación pues sabe perfectamente que un enfriamiento en estas fechas aliado a su bronquitis crónica, puede ser fatal para sus días, y de un bolsillo agujereado saca un mugriento pañuelo y se enjuga con rabia la moquita, sonándose estruendosamente.

-Decididamente va a ser un día difícil-, afirma como queriendo convencer a los gatos de tamaño juicio; pero estos, que ya están acostumbrados a oírle manifestar en voz alta sus pensamientos, permanecen ocultos bajo la mesa, a resguardo de un nuevo acceso de cólera que sobrevenirle a su dueño pueda.

Decide al fin sentarse en el rellano del fogón, de espaldas al fuego, y mientras el calor va hormigueando su columna, se mesa unos grasientos cabellos con sus toscas manos, y el cálido ambiente consigue serenar sus ánimos y le sumerge en un ligero sopor que hace doblegar sus párpados, todavía lagrimosos por el humo.

No podría decir cuánto tiempo permanecerá en esta postura, pues ya ha entrado en el reino de los sueños, donde siempre consiguió cerrar las puertas a la imagen de su odiado padre y a los muchos desengaños habidos en su vida.

No obstante, está visto que hoy nada será como de ordinario…

Sus devaneos oníricos le conducen ya hasta una sórdida cocina en la que dormita un hombre de edad indeterminada y que esconde su rostro entre las rodillas, de espaldas a un fuego que crepita arrítmicamente.

De repente, descubre que de su retostada chaqueta comienzan a insinuarse pequeñas llamaradas que no tardan en extenderse a su pelo y terminan por prender con fuerza en sus cabellos.

Ya ha entrado en el reino de los sueños, donde siempre consiguió cerrar las puertas a la imagen de su odiado padre y a los muchos desengaños habidos en su vida

¡Intenta avisarle que va a morir calcinado, pero las palabras no brotan de su garganta y ve como las llamas van consumiendo casi todo su pelo…!

De súbito, un estrépito de pucheros confundido con un grito de dolor  proveniente de otro mundo le despiertan de su profundo letargo.

Todavía semidormido se palpa la espalda, comprobando con horror que tanto la chaqueta como parte de su cabellera están chamuscadas…

Aturdido por el dolor, le vemos retorcerse frenéticamente por el áspero suelo, logrando tras dolorosos momentos sofocar el fuego de su requemada espalda.

El rosario de juramentos que emite ahora como poseso del demonio, hace estremecerse a las agrietadas paredes y obliga a los gatos a iniciar despavoridos una alocada huida, chocando repetidas veces entre sí hasta conseguir dar con la gatera y plantarse de un salto en los aledaños del entresuelo, que aunque más próximos al infierno, no cambiarán en mucho tiempo por el piso de arriba, de donde siguen llegando todavía los ecos de terribles maldiciones.

La estancia semeja en estos momentos un campo de batalla, con nuestro dolorido amigo dando rienda suelta a los demonios que le corroen mientras arrambla todo lo que se interpone en su camino, siendo pocos los cachivaches que consiguen salvarse de su ira.

Cuando la polvareda levantada se va disipando, podemos ver los cubiertos y el plato semicalcinados entre las cenizas; varias ristras de ajos descabezadas, dos sartas de morcillas degolladas, así como la mesa boca arriba con el cuchillo de cocina clavado en pleno corazón y a una descuartizada banqueta sentada en lo que fue una alacena.

Si nos acercamos más, distinguimos a un hombre que parece desquiciado y que sangra abundantemente de la mano derecha amén de los labios, (probablemente autolesionados en la orgía de su propio arrebato), y por último, a una de las viejas paredes en las que nuestro desolado personaje va grabando las huellas de una mano marcada en su propia sangre.

Descubre que de su retostada chaqueta comienzan a insinuarse pequeñas llamaradas que no tardan en extenderse a su pelo y terminan por prender con fuerza en sus cabellos

-¡¡¡Quiero morirme!!! – impreca a los dioses, resonando como terrible presagio en todos los recovecos de la ya maldita morada…

Mas no…; el destino que parece haberle abandonado a su suerte, no ha dispuesto todavía el fin de sus sufrimientos en esta tierra.

Prácticamente exangüe por la mucha sangre vertida, encuentra no obstante las fuerzas necesarias para vendarse la mano con un viejo trapo de cocina, y arrastrándose entre bufidos se dirige ahora por el estrecho pasillo hasta el triste cubículo donde aguardará la llegada del nuevo día.

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