Viernes 30 de septiembre de 2016,
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Últimas horas (3ª parte)

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LITERATURA / Este relato narra las últimas horas en la vida de una persona marginada por la vida y agazapada en un recodo del invierno

[span class=doc]Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores[/span]

Sin tiempo siquiera para desvestirse, arroja su cuerpo lejos de su pesada ira, hundiéndose de vergüenza en el irregular colchón de lana y prorrumpiendo a continuación en amargos sollozos.

Llegados a este extremo, sentimos la imperiosa necesidad de respetar su dolor y a través de un ventanuco sin postigos nos asomamos al exterior donde vemos desprenderse diminutos copos de nieve y debe ser mediodía, aunque la baja temperatura nos impide oír las campanadas del reloj que quedan congeladas en su boca..

Diríase que su maltrecho cuerpo ha encontrado al fin el descanso que deseó, mas pronto salimos de nuestro error al percibir unos sonidos inconclusos que van aumentando en intensidad

Mientras, imperceptiblemente, la niebla ha ido levantando sus faldas y distinguimos ya chimeneas humeantes luchando contra el viento helado y tejados multiformes sumergidos en una inmaculada capa de nieve que ahora recibe una considerable lluvia de bolazos arrojados por manos invisibles.

Hora es, no obstante, de volver con nuestro infortunado amigo, que yace ahora tumbado sobre el camastro. Diríase que su maltrecho cuerpo ha encontrado al fin el descanso que deseó, mas pronto salimos de nuestro error al percibir unos sonidos inconclusos que van aumentando en intensidad hasta convencernos de que está roncando.

Duerme boca arriba y respira con dificultad, lo que le lleva a emitir silbos monocordes acompañados de variadas voces guturales, y aunque ha cesado ya de sangrar de sus heridas, el sufrimiento padecido se refleja en las comisuras de unos labios que contrae horriblemente.

Han debido transcurrir varias horas desde que nuestro hombre entró en sueños, pues la luz que se filtra por el tímido ventanuco está agonizando y únicamente adivinamos vida en la estancia por unos roncos suspiros que poco a poco dan paso a una respiración queda y a una expresión de bienestar que ahora dibujan sus maltrechos labios.

¡Qué no daríamos por conocer los sueños que llenan de felicidad a nuestro amigo…!

Mas ya no hay tiempo para averiguarlo pues nuestro ruidoso amigo se va desvelando por momentos ayudado por un colchón carnívoro que lo ha ido succionando hasta sus fauces y unas tripas escandalosas que con sus exabruptos estentóreos le devuelven el pago de su abandono y le vemos ahora despertarse sobresaltado, hundido en un colchón criminal que intenta asfixiarle y con todos los intestinos clamando venganza por las morcillas que fallecieron degolladas antes de que pudieran ser digeridas por sus jugos.

Luego de ímprobos esfuerzos, es arrojado violentamente del colchón, cayendo de bruces al roído suelo, mas saliendo milagrosamente incólume del tropiezo, excepción hecha del único incisivo que permanecía todavía intacto, y a pesar de la abundante sangre que se vierte por el hueco del diente roto y gateando a oscuras, intenta alcanzar la palangana para lavar la sangrante encía.

Sacando una caja de fósforos de su pantalón, prende la mecha de la que surge vacilante un destello luminoso que desafía la brutal oscuridad en la que está sumergida la habitación

Tras alcanzar su objetivo, sumerge totalmente la cabeza en un agua que queda teñida de rojo, taponando después la oquedad con el viejo trapo que anuda en su mano y que aprieta ahora fuertemente con los últimos dientes que le quedan en pie y en esta postura permanece incontados minutos hasta percatarse de que la sangría ha cesado, aprestándose entonces a buscar la palmatoria que descansa en la desollada silla.

A tientas, palpa la forma familiar de la raída bujía y sacando una caja de fósforos de su pantalón, prende la mecha de la que surge vacilante un destello luminoso que desafía la brutal oscuridad en la que está sumergida la habitación, y acerca a continuación la llama al fragmentado espejo del palanganero para apreciar el estado de sus dientes, ocurriendo entonces algo que podríamos catalogar de fantástico…

Debido quizás a la lánguida luz de la vela o más bien a la incontable sangre derramada en los sucesivos accidentes padecidos, cree ver ahora junto al reflejo de su desencajado rostro la pálida tez de una mujer de mediana edad. Preso de inquietud, se aparta del extraño espejismo y es entonces cuando reconoce en la fantasmal visión la faz de su difunta madre.

– Santo Dios…, no es posible…- susurra entrecortadamente, debiendo apoyarse en el respaldo de la silla falto de aliento, y tras un breve paréntesis de aturdimiento, consigue reaccionar y se levanta decidido a cerciorarse por completo de la veracidad de la imagen, y con tal fin, coge la palmatoria en una mano y el oxidado orinal en la otra y se encamina amenazadoramente hacia el espectro materno, descargando tan brutal golpe que reduce en añicos el ya fragmentado espejo.

Los restos del cristal nadan ahora en las turbias aguas de la jofaina; mientras nuestro hombre acerca la llama al destrozado espejo con tanta avidez que llega a quemarse las pestañas en el empeño, comprobando no obstante que el espejismo ha desaparecido totalmente.

Ya recuperado de la experiencia vivida, siente que la encía comienza a molestale nuevamente, y como quiera que el mejor remedio para tales males es el vino, se desliza debajo del camastro hasta topar con una garrafa que victoriosamente saca ahora envuelta en polvo, pelusa y telarañas.

Como quiera que el mejor remedio para tales males es el vino, se desliza debajo del camastro hasta topar con una garrafa que victoriosamente saca ahora envuelta en polvo, pelusa y telarañas

Tras limpiar detenidamente el angosto cuello de la vasija, ase firmemente la frágil posadera del recipiente y entornando los ojos comienza a beber con fruición. El tiempo y las dolencias parecen desaparecer para nuestro ínclito amigo al contacto líquido y aunque la garrafa no está llena, se diría que al ritmo que lleva pronto acabará con ella.

Pero definitivamente, hoy nada es como siempre…

Los atropellados sorbos realizados le han hecho atragantarse, provocándole un acceso de tos que le hace arrojar todo el vino sorbido como un surtidor de petróleo, denostar con suprema repugnancia y seguir carraspeando y escupiendo los restos del bálsamo vomitado…

La tragantina y posterior vomitona han despertado los ácidos aletargados en su estómago, lo cual unido al depauperrado estado de su organismo, le provoca en estos momentos una virulenta diarrea, casi sin tiempo para encontrar el abollado orinal y agarrado a los barrotes del camastro intenta no perder el bazo entre las deyecciones…

Pero será preciso que regresemos al mundo exterior, donde la niebla ha vuelto a cubrir los tejados del horizonte y una espesa capa de nieve tapona ya la mitad del ventanuco. Deben ser ya las ocho de una tarde semioscurecida, aunque no podríamos afirmarlo con seguridad, ya que las campanas del reloj continúan con moquita en sus badajos.

¡La noche se presenta totalmente despiadada e indudablemente va a resultar crucial para el futuro de nuestro descompuesto amigo!

Mientras, el renombrado personaje ha conseguido dominar sus vísceras y ahora le vemos recostarse en su palanganero con los ojos extraviados, totalmente demacrado por efecto de vomitonas y evacuaciones. Las fuerzas le van abandonando por momentos y su cabeza comienza a desvariar, fruto del ayuno a que se ve forzado por las extrañas circunstancias de este día y que le hace ahora revivir a la luz de una vela que se va consumiendo los días de su infancia.

Las fuerzas le van abandonando por momentos y su cabeza comienza a desvariar, fruto del ayuno a que se ve forzado por las extrañas circunstancias de este día

Inevitablemente le viene a la memoria la imagen de su madre y cientos de recuerdos se agolpan en su mente deseando salir de su prisión temporal y ser revividos por su dueño.

Recuerda con total nitidez unas manos llenas de callosidades y cariño para un niño que fuera de sus amorosos brazos nunca después encontraría un poco de afecto.

Siempre fue ella el consuelo para las amarguras y desengaños que únicamente le ofreció la vida, debiendo convertirse en compañera de juegos tras ser marginado por los chicos de la escuela y ejercer de amiga comprensiva hasta hacerle brotar nuevamente la alegría cuando su desastrado físico le ahuyentó la compañía de las chicas y le sumió en la depresión.

Fue asimismo el pararrayos mágico que le esquivó chaparrones de golpes provenientes de su visceral padre y que tantas veces desviara hacia ella, de lo que recuerda grabado en su retina dramáticas escenas de peleas conyugales, seguidas invariablemente de horas de lágrimas de la compungida mujer en la soledad de su alcoba.

Conforme iba creciendo, aumentaba progresivamente la periodicidad de unas palizas destinadas en exclusiva a su madre, quien ya por entonces lucía una profunda cicatriz en la muñeca derecha producida por una navaja cabritera, así como de una visible cojera fruto de una caída desde lo alto de la empinada escalera, lo que fue marchitando la vitalidad de una mujer todavía joven pero de organismo débil y menguando inexorablemente la duración de sus días.

¡Cómo lloró nuestro desconsolado amigo la tibia mañana en que los restos de su pobre madre descansaron para siempre de las palizas de su brutal esposo!

Llegado a este punto de sus vivencias, varias lágrimas resbalan por sus mejillas al tiempo que golpea el suelo con saña, enrabietado por su impotencia para evitar el fatal desenlace.

– ¿Por qué no lo maté?- interroga a su conciencia, hipando sus palabras y recibiendo el silencio como antesala de una respuesta que conoce de sobra en su interior ya que debido a su carácter débil y enfermizo, incapaz de pensar por sí mismo y decidir su propio destino, siguió viviendo a la sombra de su colérico padre, más plegado si cabe a sus dictados dictatoriales hasta que aliado con una epidemia de cólera consiguieron mandarlo al infierno.

Su madre fue el pararrayos mágico que le esquivó chaparrones de golpes provenientes de su visceral padre y que tantas veces desviara hacia ella

Una profunda amargura invade en estos momentos a nuestro derrotado amigo, al constatar la inutilidad de su existencia y el vacío de su corazón, mas diríase por el extraño brillo de sus ojos desvariados que este pobre hombre, lejos de su pasado y huyendo de su futuro, ha adoptado una drástica decisión.

Fortalecido por la resolución tomada, le vemos ahora erguirse con la palmatoria en una mano y la garrafa en la otra y salir rápidamente de la alcoba para ahuyentar a sus fantasmas, encaminándose por el estrecho pasillo hasta la arrasada cocina donde esperará la llegada de la muerte.

– ¡Bendita seas, madre…, voy a tu encuentro!-, rezan sus labios encomendándose a su progenitora. Y es tal la excitación que recorre su cuerpo que sus pasos parecen acelerarse hasta alcanzar en estos momentos la puerta y penetrar en la abandonada estancia.

Toda su anterior entereza se quiebra instantáneamente al entrever el alucinante cuadro que se presenta ante sus ojos: el aposento totalmente invadido de partículas de ceniza, con un fogón definitivamente congelado, viandas descuartizadas y cacharros desparramados…, y entonces rememora los excesos cometidos tras su parcial achicharramiento.

Mas nada importa ya…, la momentánea indecisión sólo ha servido para reforzar aún más su idea prefijada y nada ni nadie podrá ya impedírselo, y haciéndose un hueco entre pucheros y cachivaches, apoya la sudorosa vela en una hendidura de la chimenea y se sienta recostado en una pared dispuesto a compartir con el vino su solitaria despedida.

Le vemos ahora llevarse la garrafa a sus labios resecos y beber parsimoniosamente, consciente de que cada trago puede ser el último, paladeando el agridulce sabor de un líquido mezclado con sus avinagradas tripas.

Ya no cuentan los minutos para nuestro misántropo amigo: de su estómago depende el tiempo que tardará en consumir el néctar de su agonía, y de momento, los primeros tragos han logrado entonar sus vísceras y el alcohol ingerido comienza a surtir sus efectos haciendo brillar sus pupilas y animándole a tararear desabridamente una monótona salmodia.

¡Tendríamos que ver cómo se ilumina la lóbrega estancia a la luz de los destellos de su garrafa y cómo se deshiela el congelado aposento al calor de sus tragos espaciados!

¡Cómo lloró nuestro desconsolado amigo la tibia mañana en que los restos de su pobre madre descansaron para siempre de las palizas de su brutal esposo!

Se diría que nuestro taciturno personaje es dichoso por vez primera, pues al fin se sabe libre de la herencia de su pasado y apura ya gustoso las últimas gotas de su futuro y ya todas sus penalidades se han condensado en los vapores del alcohol y la inanición de su cuerpo se va evaporando entre pestilente vahos que expele por su boca.

– Allá va la despedida…-, canturrea alegremente dispuesto a dar el beso de despedida a la garrafa, para lo que introduce la lengua hasta el cuello de la vasija, hecho lo cual, relame con frenesí la boca del vacío recipiente arrojándola acto seguido con desgana contra el póstigo del ventanuco rompiéndose en mil pedazos.

Entre tímidos estertores de una llama agonizante, entrevemos ahora a nuestro hombre fabricando bolitas con el cerumen de sus oídos y tragándoselas a continuación con la inapetencia del que se sabe próximo a la muerte.

Mas no dura mucho su divertimento, pues casi de inmediato le sobreviene un repentino vahído y queda exánime en el suelo, sangrando por la boca a borbotones y casi al unísono, el resplandor de la llama se desvanece con un postrer guiño de complicidad y un silencio mortal invade ahora el tétrico aposento…

Todo rastro de aliento vital desaparece por completo de nuestro malogrado amigo, cuyo espíritu vaga ahora flotando por estrechas callejuelas, doblando sin cesar esquinas hasta desembocar en un solitario callejón que muere en una vivienda de aspecto contrahecho.

Sin poder impedirlo, traspasa una mísera puerta y penetra en un oscuro zaguán poblado de telarañas, ascendiendo sin interrupción hasta el piso superior donde le espera un patético cuadro que hace estremecer su faz espectral.

– ¡Llegas con retraso! ¡Ya creí que habías olvidado nuestra cita!-, le espeta ofendida una hermosa mujer de rubia cabellera que cubre su sensual cuerpo con un vestido de tul y que en estos momento se dispone a cerrar los ojos desorbitados de un cuerpo que yace sin vida rodeado de un charco de sangre coagulado, y es entonces cuando reconoce en aquel cuerpo yacente el recinto donde siempre vivió como espíritu, y cabizbajo por haberlo abandonado a su suerte, responde con voz trémula:

Nuestro viejo amigo se sabe ya irreversiblemente prisionero de su magnetismo mortal y se sumerge en sus amorosos brazos recibiendo enamorado su frío beso

– Salí a buscarte en la noche, pues pensé que no llegarías con esta nevada…-.

Al conjuro de estas palabras, la bella señora esboza una mueca de complacencia al tener ya la absoluta certeza de que el espíritu de nuestro amigo la ha deseado casi tanto como anheló su cuerpo abandonar la vida, y firmemente resuelta a seducirlo, aproxima lentamente su ingravidez hacia el espacio inmaterial del espíritu, esgrimiendo su sonrisa más seductora y un irresistible fulgor sensual en sus ojos.

Nuestro viejo amigo se sabe ya irreversiblemente prisionero de su magnetismo mortal y se sumerge en sus amorosos brazos recibiendo enamorado su frío beso, fundiéndose a continuación su inexistencia espiritual con la materia que yace inerte en el suelo.

Las campanas gimotean ininteligibles tañidos de un níveo amanecer invernal…


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