Miércoles 28 de septiembre de 2016,
Bottup.com

Un ‘crucero’ sobre los campos de arroz camboyanos

1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos6 puntos7 puntos8 puntos9 puntos10 puntos (Valora el artículo)

 

A lo largo del río Stung hasta llegar al lago Tonle Sap, se contempla la pobreza más absoluta en la que vive una gran parte de la población de Camboya

Camboya. En estos minutos en los que espero a que ‘La Roja’ se enfrente a la selección de fútbol de Cristiano Ronaldo, mi mente no puede parar de regresar a esos campos de arroz sobre los que tuve el privilegio de navegar ayer por la tarde.

Los que vivimos a miles de kilómetros de nuestros familia y amigos, sabemos lo mucho que nos ilusiona siempre la noticia de que alguien de aquella parte del planeta venga a este Mundo Olvidado. La felicidad de recordar momentos pasados se une a la casi obligación de mostrar la realidad de este país, que como siempre intento explicar, no es solo Angkor Wat.

Es fácil adivinar solo por el olor que sus casas desprenden que viven literalmente en la ‘mierda’

Camboya es uno de esos países donde no vale con solo mirar, o con solo hablar, para conocer la antigua Kampuchea es necesario sentir, solo así nos aproximaremos un poco a entender esta realidad olvidada. Y con este espíritu sensible ante esta realidad tan cruel, mis dos amigas y yo emprendemos el camino hacia el lago Tonle Sap.

Saliendo de la ciudad, la imagen de los hoteles de lujo contrasta con la cantidad de niños que siguen recogiendo basura por las calles de Siem Reap. Gradualmente el paisaje cambia, en pocos kilómetros pasamos de las habitaciones de tres mil dólares a las casas construidas en las laderas del río Stung. Terrenos gratuitos ‘cedidos’ por el Gobierno, donde la gente malvive con el agua casi al cuello.

Mientras avanzamos a paso de tortuga, en el tuk tuk del ‘Jorge Lorenzo’ camboyano, Mr. Sambo, el cielo nos regala la mejor de su sonrisa, engalanado con colores propios de un carnaval. En el lado izquierdo de la carretera, las aguas del gran Tonle Sap empiezan a cubrir los campos de arroz, mientras que al lado derecho, la inmensidad del verde de la llanura camboyana te llena los sentidos de emociones difícilmente narrables con palabras.

Siempre me han gustado los viajes sin planear, y aunque nuestro destino final es el gran lago y este no se puede considerar como un viaje como tal, la adicción por lo desconocido siempre acaba imponiéndose. Al llegar a Phnom Krom, nos acercamos a la casa de dos amigos camboyanos, al mismo tiempo que los ojos de mis acompañantes empiezan a reflejar que algo ha cambiado en el paisaje. Los niños corren desnudos mientras sus madres intentan vender todo aquello que de alguna forma ha llegado a sus manos. En unos metros, la sonrisa de ‘Kbao Thom’ (cabezón en camboyano) nos indica la llegada.

Pronto, decenas de niños corren hacia nosotros atraídos por la enorme bolsa de caramelos que mis amigas habían comprado. Mientras ellas reparten todas las golosinas, mi cámara empieza a ‘echar humo’. Allí donde pongo el objetivo, una mirada lo cautiva.

“¿Queréis ir de crucero?”, pregunta Heang ‘el cabezón’, como le llaman todos cariñosamente. “Crucero, ¿dónde?, aquí solo hay arroz”, replico. Ciego de mí, no me doy cuenta que solo metros detrás de mi trasero, el lago había anegado por completo la cosecha de arroz. “Por supuesto”, afirmo sin dudar, comentando a mis amigas: “preparaos para una aventura”.

En barcas más propias de la película de Scorsese ‘La Misión’, que de un típico crucero turístico, nos adentramos en la profundidad de los campos de arroz inundados de Camboya. La sensación de estar navegando sobre el alimento de este país es algo indescriptible. De repente, una parada que no estaba incluida en este ‘itinerario’.

En medio de este increíble paisaje, un poblado salido de la nada, surge en el horizonte. Es allí donde mis amigos camboyanos me dicen que veré la miseria más absoluta, terreno con el que me empiezo a sentir, por desgracia, demasiado familiarizado. Dentro de mí, vuelvo a experimentar aquella increíble sensación de paz que viví en Laos allá por el año 2006. De repente, decenas de niños como saliendo de debajo de las piedras aparecen por todos los, gritando “Barang, Barang” (extranjeros). Según me dicen, no más de diez ‘hombres blancos’ han visitado este sitio olvidado.

Una calle polvorienta atraviesa este poblado de no más de 50 casas construidas con todo aquello que encuentran en las proximidades. La ausencia de hombres y adolescentes me llama la atención, mientras los niños no paran de posar ante mi ‘Canon’. Me explican que ninguno de los menores va a la escuela, que para ellos ya es una fortuna el poseer una camiseta que cubra sus sucios cuerpos. Es fácil adivinar solo por el olor que sus casas desprenden que viven literalmente en la ‘mierda’. Del agua que beben, de un color más cercano al chocolate que a ese líquido transparente que sale de los grifos de las casas de los países desarrollados, prefiero ni hablar.

Pronto, la caja de golosinas llega a su fin, y es cuando sentimos que es el momento justo de abandonar. Todos juntos posando para la última foto, nos dicen adiós, con la mejor de sus sonrisas, mientras el ocaso del día empieza a hacer su aparición. El amarillo del cielo cubre la inmensa llanura inundada, en el mismo momento en el que la lluvia empieza a hacer su aparición. En medio de ese lago de arroz, un arco iris se dibuja en el horizonte, los niños aprovechan los últimos rayos de luz para darse el último chapuzón, y los hombres regresan a sus hogares con las redes vacías de pescado tras una larga jornada de ‘trabajo’. La llegada de la noche anuncia el final del día en un lugar donde la electricidad es un lujo al alcance de muy pocos.

En el camino de regreso el silencio es la nota predominante, el recuerdo de la sonrisa de esos niños desnudos con la cara llena de mocos empieza a doler en nuestro interior. Un silencio que se rompe al pasar por los prostíbulos que llenan el margen derecho de la carretera del lago. Lugares frecuentados mayormente por camboyanos, donde el sexo es intercambiado por tres billetes de un dólar.

En solo unos minutos, la realidad de una ciudad llena de turistas nos vuelve a saludar. Un contraste que nos es posible asimilar en tan solo esos treinta minutos de trayecto que nos separan del recuerdo de ese ‘crucero’ sobre los campos de arroz, donde dejamos un pedacito de nuestro corazón.

Esta es la Camboya real, aquella apartada de Iphones, Lexus o modelitos de Armani, aquella donde la inocencia de los niños inunda el paisaje de sonrisas. Una Kampuchea donde el tiempo se paró hace años. Aunque… la vida continúa como si ellos no existieran.


Subtítulo y destacado

¿Te gustó este artículo? Compártelo

Sobre el autor

Participa con tu comentario