Martes 27 de septiembre de 2016,
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Un día en la Ciudad Roja

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La situación es cada vez más tensa en las calles de la Ciudad Roja, en Bangkok

Los camisas rojas conviven con las fuerzas de seguridad del Gobierno

Es lunes, 3 de Mayo de 2010. Amanece en el antes llamado País de las Sonrisas, la lluvia del comienzo del monzón llama a mi puerta. Son las 07.00 de la mañana, el calor es sofocante y la humedad se cuela por todos los poros de mi piel. Es hora de desayunar, pero hoy es una comida especial, será la primera de un día que compartiré con los camisas rojas.

Para todo aquel que haya estado alguna vez en Bangkok, conocerá lo difícil que es subirse a uno de sus taxis multicolores y negociar el precio. Todo cambia al pedir al conductor que te lleve a la Ciudad Roja. Siempre te pregunta de qué país eres, “Sapain” (como ellos pronuncian el nombre de nuestro país), contesto. “Oh, Fernando Torres”, seguido de risas es su siguiente frase, al tiempo que muestran con orgullo la foto de su ídolo, Thaksin Shinawatra, depuesto Primer Ministro y líder de los camisas rojas.

Las personas de este colectivo son sus mayores fans, todos provienen de provincias remotas, de situaciones de pobreza, y buscan en Bangkok un futuro mejor para sus familias. Pasan más de doce horas al volante todos los días. Durante esos 30 minutos que dura el trayecto no paran de preguntarse por qué alguien de España viene a Tailandia a hacer fotos de su pueblo. Siempre se despiden sonriendo y agradeciéndote el interés que muestras por su lucha.

La llegada a la fortaleza
La avenida de Silom es un mar de contrastes, policías armados hasta los dientes se mezclan con barricadas construidas de bambús y neumáticos, donde unos vigilan a los otros y los otros a los unos. La tensión en esta zona es constante, mientras que la policía descansa ante la impasividad del Gobierno. De repente, un hueco se abre en la barricada y se escucha: “Bienvenido, amigo mío”. Es el mismo guarda que me saluda todos los días. En ese momento, entro en la Ciudad Roja.

Un área que podría dar cabida a más de un cuarto de millón de personas, donde la vida fluye a velocidad de vértigo. Un mar de generadores de electricidad, restos de basura, casas improvisadas y vida, mucha vida, en esa antesala a lo que parecía una muerte segura para la mayoría de sus habitantes. Todos sonríen a mi paso, todos me preguntan de donde soy, todos quieren posar para la foto, quieren mostrar que están luchando por sus ideas, aunque para la mayoría ese lema sea un billete de 500 Bahts (unos 10€), que el antiguo Primer Ministro dona diariamente a cada uno de sus seguidores para que su causa cuente cada día con más personas.

Los colores se mezclan, el rojo es el identificativo de la clase pobre del país, vienen de las provincias más distantes, la mayoría del norte. Entre medias aparecen esas caras serias, con ropa de color negro y el brazalete del partido del UDD: son los radicales, los que protegen esta urbe, chavales de no más de 25 años, dispuestos a dar su vida por una democracia que lleva años sin existir en este país.

Niños y discursos
Me llama la atención el gran número de niños entre la multitud, algunos armados con rifles de madera que ellos mismos se han inventado y que no podrían ni disparar a una de esas moscas que invaden la ciudad. El paseo de más de cuatro kilómetros que atraviesa el campamento no es diferente del paisaje habitual de este caos de ciudad que es Bangkok: puestos ambulantes donde te venden las armas más usadas por ellos, tirachinas, comida, bebidas, recuerdos, y hasta churros de España.

La banda sonora son las palabras que en el escenario principal gritan sus líderes, casi siempre en escena el portavoz del Partido, Nattawut Saikua, una especie de Fernando Esteso, a juzgar por las risas que provoca en la multitud, que canta, baila y entretiene a las más de 50.000 personas que todos los días se reúnen dentro de las murallas. Un líder feroz que atrae a su manada con la palabra Democracia.

Es la hora de comer y todos se aproximan ofreciéndome un plato de arroz, abriéndome las puertas de sus chabolas e intercambiando opiniones con este ‘farang’ (extranjero en tailandés) que cada minuto que pasa se siente más pequeño ante la amabilidad de este pueblo. Entre tanto, siguen las canciones en el escenario principal, que gracias a la multitud de pantallas gigantes que han improvisado a lo largo de la Ciudad Roja, puede seguirse allí donde estés.

El lorenzo aprieta, el termómetro esta próximo a los 35 grados y creo que ya no me queda líquido en el cuerpo que expulsar. Es hora de sentarse a la sombra y escuchar lo que mis amigos me quieren contar. Me hablan de un Gobierno que ha robado a un país, de un Primer Ministro, Abhisit Vejjajiva, que no quiere dimitir. Ellos quieren un dirigente que sea elegido por el pueblo y no a alguien que ha impuesto la clase más rica de esta sociedad. Quieren democracia, la palabra que más veces es pronunciada por sus cuerdas vocales. Luchan por un país libre, donde ellos se sientan un poco más importantes, y hablan de una policía que cada día está más en contra del Gobierno, mostrándome el edificio de un hospital próximo que días atrás ocuparon ellos en busca de un gran número de soldados ocultos en su interior.

La tensión aumenta
Se aproximan las 18.00h, y suena el himno de Gloria Gaynor, I will Survive. Sobreviviré gritan todos al compás de la música, mientras bailan con caras de felicidad. Pero es esa hora donde todo tailandés muestra respeto a la Corona, suenan las notas del himno nacional y la vida se para súbitamente, todos firmes escuchando el sonido que une a este país, independiente del color de sus ropas, nadie se mueve, parece que de repente el mundo se haya congelado. El himno llega a su final, todos se inclinan en señal de respeto y en milésimas de segundo todo vuelve al caos normal de este país.

Está cayendo el día y según nos acercamos de nuevo al área de Silom, la tensión aumenta, jóvenes con cohetes prefabricados, tirachinas, escudos de contrachapado con asas de plástico, chalecos antibalas con la palabra policía en su pecho, y menos, mucha menos presencia civil. El numero de niños ha disminuido considerablemente, quizás sea una señal de que los camisas rojas temen que el Gobierno haya anunciado que proveerá a las fuerzas armadas con carros blindados para disolver a los protestantes. Ya no se ven tantas sonrisas, todo ha cambiado a semblantes serios y miradas preocupadas, se puede respirar el olor del miedo. Según me aproximo a las barricadas, veo que ha crecido el número de vigilantes, las únicas personas que me sonríen en esta tarde de tensión, quizás su forma de liberar ese pánico que sus ojos dibuja. Y me pregunto, cómo es posible que el pueblo de la sonrisa constante se haya separado de esta forma tan brutal por la ambición de poder corrupto de unos pocos, pero solo encuentro una respuesta, esto es Asia, el continente donde nunca te preguntes el por qué de las cosas.

Y por primera vez, me llevo una sorpresa al escuchar a uno de sus líderes hablar en inglés dirigiéndose a los no más de cinco extranjeros que estamos dentro de su fortaleza, repite que nos sintamos libres de hablar con ellos si queremos saber la verdad. Hace solo unos minutos la policía ha intervenido un gran número de armas en una casa a las afueras de la ciudad, supuestamente propiedad de un camisa roja, quizás esa sea la razón de este cambio de idioma en las palabras.

el señor Phan
Entonces aparece el Señor Phan Chaisong, que viene desde un pequeño pueblo al norte del país a más de 500 kms de la capital. Me habla del ataque que sufrieron el pasado día 10 de abril, donde más de 20 personas perdieron la vida y otros 800 resultaron heridos. Entre los fallecidos, el compañero de Reuters, H. Muramoto, que fue alcanzado en el pecho por uno de los disparos de no se sabe qué bando.

Mr. Phan me cuenta que él estuvo en ese ataque y me enseña orgulloso las heridas que su cuerpo dibuja: en su cara, la culata de un rifle M-16 y en el costado izquierdo, la cicatriz de un disparo. Me dice que quiere democracia, que desde que Thaksin fue depuesto, los pobres son más pobres, y los ricos más poderosos, que la mayoría en su provincia son granjeros como él, pero que están sin trabajo y que estará aquí hasta el final, aunque eso le cueste la vida. Se resigna al decir que sabe que el Gobierno no cederá y que en un plazo de cinco días habrá un ataque de las fuerzas de seguridad del Estado contra sus colegas indefensos. Me comenta que en el año nuevo de 2009 perdió a su mejor amigo en una ofensiva del ejercito y la policía contra manifestantes rojos, pero que nunca se supo nada porque se encargaron de limpiar todas la pruebas y de retirar los cadáveres.

Todo son historias o rumores, pero merece la pena escuchar lo que cada uno de ellos me tiene que contar. Se despide de mí con el típico Wai tailandés (símbolo de respeto budista donde juntan las palmas de la mano), gritándome adiós y deseándome suerte, aunque por lo que sus ojos reflejan, intuyo el miedo a que el final de su vida esté cerca. Seguro que piensa que su vida vale la pena si al final alcanzan esa democracia con la que todos sueñan.

La llegada de la noche
Cae la noche, y se ve un gran aumento de presencia policial a las afueras del campamento. Es hora de reponer fuerzas y me apetece un poco de comida rápida y analizar todo lo vivido hasta estas horas. Es curioso que solo a unos 50 metros del campamento, la más pura señal de materialismo se enfrente a la lucha por la democracia de un país. Es el lugar de reunión de la prensa tailandesa. Durante unos minutos contrasto ideas con ellos, me hablan de que la situación es de estancamiento total, que nada pasa y que no ven solución a corto plazo, esperan noticias e imágenes con sus grandes objetivos preparados, pero mi mente sigue pensando en las heridas del cuerpo del Señor Phan.

No paran de llegar furgones de la policía a la zona, algo parece que se prepara esta noche, ya no sonríen ni posan para la fotografía. He contado más de 300 miembros en las inmediaciones del campamento y sigue la marea de coches y patrullas acercándose a la zona.

Es medianoche y la ciudad duerme, camas improvisadas en cualquier lugar, mientras que el show continua en el escenario principal, una vez más es Saikua quien entretiene a la inmensa multitud que esta noche se reúne en la plaza. Su mensaje tiene que ser fuerte, por el fervor con que agitan esas manos rojas.

El camino de vuelta
Es hora de recorrer el camino de vuelta en busca de un taxi a las afueras del campamento. Los más de tres kilómetros que me separan de las puertas de la fortaleza se hacen interminables, han sido más de dieciocho horas en la Ciudad Roja, que ahora es de color negro ante la ausencia de luces. El olor a basura putrefacta es insoportable, cómo esta gente puede vivir aquí, me pregunto. Familias enteras usan el suelo como colchón, niños de apenas meses duermen como si nada pasara a su alrededor. Al salir, un “hasta mañana, Omar”, es mi amigo el amo de la puerta, “espero que mañana sea un nuevo día para Tailandia”, me grita.

Solo unos pasos y la policía se acumula en la calle, controles sobre todos los taxis que recorren la avenida, conocedores de que son los más fervientes seguidores del otro lado de esta lucha.

Ha sido mi primer día entero en la Ciudad Roja, no puedo sino más que pensar que cómo puede estar hablándose de una Guerra Civil encubierta, cuando las notas que predominan en ambos bandos es amabilidad y cortesía. Cómo puede ser que tanta sonrisa se pueda ver callada por el interés de un Gobierno impasible y de una oposición corrupta. Una vez más es el juego de este mundo, donde siempre unos pocos ganan y la mayoría pierde.

Qué suerte tenemos de vivir en España, incluso con una crisis de la que no paramos de hablar. El paseo de más de quince kilómetros a lo largo de las calles de esta fortaleza me ha traído recuerdos de cuando mi abuela me hablaba de ese período no muy lejano donde una persona dictaba los destinos de nuestro país.

Solo quiero decir buenas noches, con tristeza en mi cara, y como decía mi amigo el guardián de la puerta, espero que mañana Tailandia vuelva a ser el País de la Sonrisa.

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Fotografías: Omar Havana


Subtítulo y ladillos

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