Miércoles 28 de septiembre de 2016,
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En Gallinero de Cameros, el amanecer lo trae el monte

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La puerta bajo la dovela, y al lado la leña para calentarse.

Estoy convencida de que los lugares se asocian a instantes que se perpetúan en olores, colores, sonidos y emociones, que luego se revisten de otras cosas secundarias desde la nebulosa del recuerdo

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Un precioso hayedo, de camino a Gallinero.
“Es curioso; siempre que alguien me argumenta su pasión por un pueblo utiliza el verbo ‘juntar’ o ‘juntarse’…”

Hace meses que hice esta excursión. Pero me apetece recordar Gallinero
de Cameros
desde la distorsión del recuerdo y lo decido cuando,
curiosamente, de fondo rompe el silencio una guitarra: ‘Wish you were
here’, de Pink Floid. ‘¡Ojalá estuvieras aquí¡’ . Sólo tengo que llamar
a la memoria para que se haga presente este pueblo serrano a 43
kilómetros de Logroño. Estoy convencida de que los lugares se asocian a instantes que se
perpetúan en olores, colores, sonidos y emociones, que luego se
revisten de otras cosas secundarias desde la nebulosa del recuerdo. En
lo primario Gallinero me supo a silvestre, a montaraz.

Quizá me influyó la conversación que mantuve con el primer ser humano que saludé en el pueblo. Era uno más de una cuadrilla y observé que recogían los útiles de trabajo “después de toda una mañana de labor”, como me dijeron después. Estaban adecuando una vieja edificación para convertirla en casa de herramientas para el pueblo.

La persona con la que charlé me dijo que tenía casa en Gallinero y que le encantaba venir todos los fines de semana que podía desde Logroño. Es curioso; siempre que alguien me argumenta su pasión por un pueblo utiliza el verbo ‘juntar’ o ‘juntarse’… “Aquí, me aclaró, lo pasamos muy bien porque siempre nos juntamos o para comer o para cenar”.

La confraternización está en la esencia de todos los pequeños poblados como Gallinero de Cameros. Está rodeado de montañas empinadas, no lejos del Monte Horquín, de casi 1.600 metros, y que marca la divisoria entre el Camero Nuevo, que lo excava el río Iregua, y el Camero Viejo, que lo ha modelado el Leza. Gallinero está en el Camero Nuevo.

No he olvidado que trataba de explicar por qué la atmósfera de este lugar me supo tan a paraíso natural. Y fue cuando la charla con mi interlocutor llegaba a su despedida.

Me invitó a comer, “aquí siempre hay un hueco para que alguien se siente a la mesa”, pero yo acababa de llegar a Gallinero y quería callejear y pararme las veces que hiciera falta a disfrutar de su hechura tan serrana.

Antes de despedirse quiso ser taxativo, quizá sintió que no lo había sido antes cuando le pregunté por lo que le daba el pueblo: “Lo mejor -y miró al frente, hacia las montañas- es cuando te levantas temprano, abres la puerta, sales a la calle y los buenos días te los dan los ciervos que te rodean”.

“La imagen me impactó y no dejé de rumiarla mientras me fijaba en la
arquitectura popular… Grandes casonas a base de sillares de piedra
rojiza”


La imagen me impactó y no dejé de rumiarla mientras me fijaba en la arquitectura popular… Grandes casonas a base de sillares de piedra rojiza. Me llamaron la atención las grandes puertas de madera, bajo un arco de medio punto delimitado a base de magníficas dovelas… Tenían un aire de fortificación, cuasi medieval… y, flanqueándolas, siempre, a modo de esculturas, pilas de troncos cortados dispuestos a arder para combatir el frío.

Me imaginaba la luz del amanecer intensificando el rojizo de aquellas piedras, la fuerza del sol naciente volviendo aún más hermoso Gallinero, y enfrente, a contraluz, la silueta de los venados: en las alturas, en los prados, y , los más atrevidos, paseándose entre calles. Y en época de celo, la berrea: sus bramidos resonando en el valle y anunciando el nuevo día a berrido limpio.

Con estos pensamientos me planté ante la casa más noble de Gallinero: un palacio de mampostería con un enorme escudo en su fachada: es el del solar de Tejada, una de las casas nobles más antiguas de España. Tiene que ver su origen con la Batalla de Clavijo. Pero esta historia ya la contaré otro día cuando mis pasos me lleven al bosque del Camero Viejo donde están los orígenes de esa casa solariega.

Enfrente del Palacio, los chopos que flanquean el riachuelo lucen unos troncos hermosos… Recuerdo la primera vez que visité Gallinero hace casi veinte años… Me impactó este conjunto de los árboles y el Palacio… La puerta de la casona estaba entreabierta; alguien se asomó, y me invitó a contemplar un manjar: las ristras de chorizos de la matanza colgados alrededor de la chimenea para que se sequeran… Aún no he olvidado el suculento olor de la mezcla del pimentón, la carne, el humo y el hollín de la chimenea… Es un olor de mi infancia y sé porque lo digo, entonces recuerdo a mi padre.

“Aún no he olvidado el suculento olor de la mezcla del
pimentón, la carne, el humo y el hollín de la chimenea… Es un olor de
mi infancia que me recuerda a mi padre”


Me voy de Gallinero por la parte de arriba, pasando por la ermita de la Virgen de la Cuesta, que desde el alto se asoma sobre el pueblo.

Quien me acompaña decide pararse repentinamente y me hace señas de que avance silenciosamente, sin hablar, sin apenas hacer ruido. Pero cuando llego, la cierva sale como un rayo de debajo de un roble y apenas alcanzo a ver su estampa. Quien iba delante ha podido escrutarla y recrearse en su belleza.

“Si esto ocurre a las cuatro de la tarde -pensé- lo de los amaneceres debe ser un auténtico espectáculo”. Por eso Gallinero me sabe tan a natural.

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