Viernes 09 de diciembre de 2016,
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Una historia verdadera

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ENVIADA ESPECIAL / Abu tiene trece años, la sonrisa tímida y unos ojos que buscan constantemente el suelo

El programa Cuidam del Hospital San Juan de Dios lo trasladó a Barcelona para intervenir su uretra perforada

Sierra Leona. Abu no se atreve a mirar cara a cara al mundo, seguramente porque ya ha visto demasiado. Hijo de una familia humilde de una pequeña aldea cerca de Makeni, su vida dio un giro de ciento ochenta grados el día que cayó al río desde un puente en el que se encontraba pescando. Y al caer, el infortunio quiso que se perforara la uretra con una rama.

Llegó al hospital y nada más verlo, la voluntaria que lo atendió reconoció la gravedad del caso. “Otro niño Cuidam”, dijo en voz alta. Y empezaron con los preparativos para poder enviarlo a España. Abu tenía que ir sondado permanentemente a través del agujero que le había perforado el vientre y cualquier infección que no se le tratara a tiempo podía acabar con su vida. Era un caso susceptible de ser amparado por Cuidam, pero San Juan de Dios recibe cada año tantas solicitudes que algunas tienen que ser descartadas. Abu esperó en el hospital el veredicto. Y pronto llegaron las buenas noticias que anhelaba.

Tuvimos que enseñarle cómo se encendía y apagaba el interruptor de la luz y, sobre todo, insistirle en que vigilara con el agua caliente, pues se podía quemar

En octubre de 2008, Abu aterrizaba en Barcelona. Lo hizo juntamente con Ibraim, otro niño sierra leonés que iba a ser intervenido de una dolencia similar -una piedra enorme le había caído encima aplastándole la uretra-, y la tía de éste. A Abu no le acompañaba ningún familiar. Su madre estaba enferma, tenía un hermano más pequeño y el padre no podía permitirse el lujo de abandonarlos a su suerte por unos meses. Pero Abu no estuvo solo. Además de Ibraim, del que se hizo amigo inseparable, contó en todo momento con el apoyo de muchos de los empleados de San Juan de Dios. Marta Millet, representante del Departamento de Economía y Finanzas dentro del programa de hermanamiento, recuerda cómo dieron la bienvenida al pequeño nada más llegar. “Tuvimos que enseñarle cómo se encendía y apagaba el interruptor de la luz y, sobre todo, insistirle en que vigilara con el agua caliente, pues se podía quemar”, explica. De lo más básico a lo más complejo, todo -absolutamente todo- iba a a cambiar en la vida de Abu.

Estuvo once meses ingresado en San Juan de Dios. La operación fue un éxito rotundo, pero debido a la complejidad de su dolencia, los médicos estimaron dejarlo en Barcelona un tiempo más largo del habitual. A Abu se le ilumina discretamente la cara cuando habla de aquellos días. Recuerda que acudía a la escuela del hospital, que algunos empleados se lo llevaban a casa durante los fines de semana y que comía cosas que nada tenían que ver con su cotidiana dieta de arroz. “Y un día me llevaron al Camp Nou”, exclama. Corría junio de 2009 y el Barça acababa de ganar la liga. No sólo fue testigo privilegiado de como el equipo ofrecía la copa a la afición, sino que además pudo fotografiarse junto a algunos de sus ídolos. Todo un tesoro para un niño que, en condiciones normales, ni siquiera podría haberlos visto a través de la televisión.

Finalmente llegó el día en que Abu tenía que regresar a Sierra Leone. Cargado de regalos y recuerdos, tomó el avión que debía llevarlo de vuelta hasta su pequeña aldea, sin más futuro que el de la supervivencia. Pero una decisión de última hora iba a cambiar su destino una vez más. Los hermanos de la Orden decidían pagarle los estudios y acogerlo junto a otros niños en las dependencias mismas del hospital. Actualmente, Abu va al colegio cada día, tiene un plato de comida caliente en la mesa y una habitación para él solo en un edificio sólido a prueba de monzón. Ve a su familia durante las vacaciones o cuando su padre puede desplazarse hasta Mabesseneh para hacerle una visita. Y cuando lo hace, siempre lleva una cabra como presente de agradecimiento a aquellos que cambiaron el devenir de su hijo.

Hoy es domingo y Abu no tiene clase. Tras dar un paseo en el que él se mira constantemente los zapatos y yo intento hacerlo sonreír, me acompaña hasta la puerta de mi habitación. Me despido de él no sin antes preguntarle si se considera un niño feliz. Y responde con un “a veces sí, a veces no”, que denota una conciencia muy madura de su situación.

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