Domingo 04 de diciembre de 2016,
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Una noche en el refugio

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Reconstrucción literaria de los bombardeos sufridos en la provincia alicantina inspirada en los testimonios de Elena Espi, María Giner, Carmen Fernández, Rosario Gómez, Mercedes García y María García

Se cumple el 72º aniversario del Bombardeo del Mercado Central de Alicante (25 de mayo de 1938)

Esta casa me resulta extraña. Supongo que hoy todas se parecen, aunque sea en las raspaduras de los zócalos o la humedad de los tabiques, pero no sé, es algo raro, creo que aquí pica más la luz de la calle. Mi otra habitación todavía estará desgranándose. Cuando llegué del entierro de la abuela reconocí enseguida la puerta que ardía encima de la acera. No sé por qué, pero me asustaron más los cascotes y el tacto de azúcar en polvo de la ceniza que la cintura triturada de una mujer que colgaba en una ventana. Mira que lo dijo la abuela: “Tranquilas, que mientras yo viva no os pasará nada, a la casa no le darán”. Zumbaban los avispones y padre venía desesperado para llevarnos. La yaya, la pobre, estaba inválida y yo no iba a abandonarla en la cama. Los misiles reventaban, los tímpanos rebasaban tanto que no advertíamos la cercanía de los impactos. Y todos ahí tiritando alrededor de la abuela, y ella negando con la leve sonrisa que le producía masticar una juanola: “No nos darán, no nos darán”.

Los misiles reventaban, los tímpanos rebasaban tanto que no advertíamos la cercanía de los impactos

Madre me llama. Esperamos siempre en el balcón a que asome padre con su chaqueta al hombro al fondo de Pintor Murillo. Siempre, aunque hayamos recibido carta del frente ese mismo día, aunque nos diga en ella que lo trasladan a Aragón y que el relevo se demora. Me gusta cuando aparece alguna silueta confusa porque madre aprieta con fuerza la baranda. Cantamos juntas muchas veces eso de “qué linda la rosa en la rama se ve…”.

El hombre de la voz chirriante lleva todo el día advirtiendo por la radio que nos atemos bien las zapatillas, que esta noche vendrán cargaditos. Desde el balcón se ven los cañones del Castillo de San Fernando, cualquier destello parece la luz de los focos antiaéreos, y hay por ahí una hurraca protestando que nos está volviendo locas, porque suena como si la sirena hubiera quedado medio muda. Hace unas noches sí vimos los tiros del Castillo. Al contrario que hoy, nadie esperaba la alarma. Madre agarró con prisa dos grandes chaquetones de padre. Corríamos todos despavoridos. En brazos de una mujer, una chiquitina flaca y muy larga repetía defraudada: “Mamá, no veo los pajaritos feos”. Suponíamos que los aviones andaban cerca porque rechinaban las metralletas del Castillo.

El refugio es una galería pequeñita debajo del Castillo, como un túnel, y luego una habitación grande con unas bombillas colgando y un par de botijos de agua. Las chiquillas lloraban, algunos hombres traían en volandas a sus viejos inmóviles. Más de uno miraba alrededor con la ingenua ilusión de que nadie reparara en su barriga desnuda o en sus calzoncillos agujereados. Muchas mujeres desconfiadas habían decidido pasar casi todo el tiempo en el refugio, dejaban allí preparadas las mantas y las sillas. El verano ya asomaba y no hacía mucho frío, así mi madre mulló bien los abrigos para que nos sentáramos encima. No oíamos ninguna explosión. El refugio se llenaba apenas la mitad después de la bomba que echaron en el Mercado. A mí me lo contó mi amiga Dolores. Dijo que estaba en la cola de las cerezas cuando cayó la primera y que consiguió llegar al refugio de la Lonja. A la salida confundían los gritos de búsqueda con los de dolor, entre los cascotes aparecían miembros sueltos y a las personas las recogían con palas y capazos, y las metían en cubos de basura. Mi amiga, la pobre, estaba muy asustada y al día siguiente huyó con sus padres a casa de unos familiares, en pleno campo ilicitano.

Dijo que estaba en la cola de las cerezas cuando cayó la primera y que consiguió llegar al refugio de la Lonja. A la salida confundían los gritos de búsqueda con los de dolor

Los que no conocían a nadie que viviera en el exterior pasaban la noche entera en el campo. Uno de ellos no pudo salir en esa ocasión y nos contó la cantidad de gente que se apelotonaba debajo de los pinos o al borde de las acequias. Llegaban los zambombazos desgastados, pero siempre había gente con familia en Alicante que rompía a llorar. Luego podían estar “media noche echando chistes”, decía el hombre.

Fernanda, una veinteañera recién llegada de Castellón, contó que tenía un refugio justo debajo de su casa y que al principio de la guerra si la veían pasear por la calle la ponían a cavar los pasadizos. Muchos escrutaron con nerviosismo el túnel de nuestro agujero cuando la joven relató la vez que los cascotes atascaron la entrada. Fernanda era muy graciosa y me reí mucho de cómo imitaba a un Guardia Civil que cayó del caballo cuando todos sus vecinos llenaron la calle de pedruscos. Dornier 16, por lo visto, se llamaba el primer avión grande que sobrevoló Castellón. Los vecinos salieron de las casas y otearon el cielo, creían que el aparato se desplomaría contra los tejados.

Un hombre interrumpió y aconsejó que lo mejor para evitar las metralletas de los aviones era tirarse de bruces al suelo; otro que no, que así los desgraciaos que disparaban desde las ventanas lo tenían más a tiro; otro le dio la razón, porque los aviones volaban bajo para escamochar a los que llegaban tarde al refugio; otro aseguró que los moscones sabían muy bien en qué casa había uno de los suyos disparando y echaban las bombas más lejos; al final teníamos que escondernos con disimulo donde viéramos a uno dando tiros. Un estrépito cerró la discusión. Rápidamente mordí la ramita de pino que llevaba en el bolsillo. El siguiente temblor espolvoreó arenilla sobre nuestras cabezas. Madre me cubrió con uno de los abrigos y cerré los ojos. El olor de la felpa me tranquilizaba.

Ya son las cuatro de la mañana. Me he acostado debajo de la cama, con el almohadón sobre la cara por si sorprende la metralla como hacemos todas las noches desde los primeros bombardeos. Uno duró ocho horas, no había refugios ni podíamos salir de casa. Madre bosteza en la cocina. No puedo dormir, la almohada está ya pegajosa. En Alicante hace demasiado calor como para esperar bombas.


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