Domingo 26 de marzo de 2017,
Bottup.com

Una visión diferente de la crisis

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Foto que ilustra ‘The empire of Debt’ (Steph Goralnick)

Análisis

Ganar o recobrar la confianza de la opinión
pública es el primer paso necesario para solucionar cualquier crisis

El autor propone un ‘utópico’ -como él mismo define- ‘Comité de Crisis’ único con todas las partes implicadas a
nivel de España o internacional, según el ámbito que tratemos, que reúna a empresarios, sindicatos, otras organizaciones sociales,
patronales, organizaciones de consumidores, medios de comunicación,
etc. para tratar de consensuar su actitud y sus mensajes ante la opinión pública.

Cuando más se habla de ella, más
grande y profunda se hace una crisis. No me gustaría añadir mi grano de
arena para lograrlo, sino dar mi modesta opinión sobre ella desde el
punto de vista de un ciudadano que ha tenido el dudoso privilegio
-desde hace más de 20 años- de trabajar como Consultor de Comunicación,
trabajando para diferentes empresas e instituciones nacionales e
internacionales, lo que en más de una ocasión ha significado conocer
los entresijos del sistema y, cuando no, ser una herramienta para
ocultar, camuflar y/o convencer de ciertas y oscuras maniobras típicas
de nuestro sistema, algo maquiavélico y, la mayoría de las veces,
perverso e insolidario.

La crisis actual

Estamos sumergidos en una crisis. No pretendo ser apocalíptico ni agorero cuando afirmo que esta crisis tiene algo de nuevo y de irreversible. Podría afirmarse que se trata de una crisis estructural y coyuntural global de un Sistema que se debate entre la muerte y el cambio. Si algo bueno tiene el Sistema económico y social en Occidente es su capacidad de ser autocrítico o, como mínimo, dejar en evidencia sus propias carencias y errores…aunque después el propio Sistema fagocita y disuelve toda duda o posible rebelión con el paso del tiempo, a fuerza de grupos de presión que dominan los medios de comunicación de masas.

En esta crisis ya se ha publicado información de sus posibles orígenes y de sus muchas consecuencias. El tema de las “subprimes”, el alza del coste del petróleo como única fuente de energía que sostiene el aparato productivo -y que genera y mantiene conflictos bélicos-, el consiguiente aumento de precio de los productos de consumo, el paulatino empobrecimiento de la clase media y baja, la ineficacia de los políticos y de las organizaciones internacionales o de la caída de los grandes bancos de inversión de EE UU han supuesto un buen comienzo… y solo está empezando.

El resto, las consecuencias de todo ello, puestas de relieve en un mundo cada día más globalizado, pero a la vez interdependiente, aún está por ver. En muchos sentidos, el simple resquebrajamiento del sistema actual financiero ante un depauperado y arcaico sistema productivo. Hoy ya no creamos riqueza fabricando o transformando productos de primera necesidad, que hemos cedido gustosamente a países en vías de desarrollo para bajar los costes y ser más competitivos y, a la vez, detener los costes energéticos a pesar de que incumplen las demagógicas (por ser un argumento solo político) pautas de disminución del deterioro medioambiental en nuestra Tierra.

Qué hay detrás

Detrás de esos factores que han producido la crisis está la inoperancia del propio Sistema ante el decrecimiento del consumo que es quien lo perpetúa sin otras bases más sólidas; la ineficacia de la clase política que utiliza las situaciones como éstas para batirse con sus adversarios, y la incapacidad del Sistema para autorregularse ante la corrupción o las prácticas poco éticas en pos de un sistema excesivamente liberal, basado en su propio enaltecimiento y enriquecimiento sin límites…a costa del real progreso humano y del respeto al entorno natural.

Además hemos de añadir nuestra autocomplacencia y poca ética a la hora de tratar la problemática cada día más creciente, descontrolada y peligrosa del Tercer Mundo, siendo incluso capaces de utilizarlo argumentalmente como muestra de nuestro altruismo. Ni que decir tiene que el fruto de este altruismo sigue siendo su explotación, su paulatino empobrecimiento y, como consecuencia inmediata, su aniquilación a través de la hambruna, los conflictos internos -étnicos o religiosos- y las enfermedades y epidemias. Y es que su crecimiento demográfico desaforado, la ruptura de sus límites geográficos a través de la emigración –auspiciada en muchos casos por sus propios gobernantes- y la enajenación de sus recursos naturales en manos de multinacionales del Primer Mundo, hacen de éste mundo nuestro un polvorín.

Supongo que tras todo ello está el excesivo cortoplacismo de un Sistema en manos del poder financiero ávido de rentabilidad a corto plazo y la irresponsabilidad de políticos, empresarios e instituciones tomando medidas negligentes, cuando no parciales y dominadas por intereses particulares, que han traído consigo un oscuro panorama mundial que, como no podía ser de otra manera, invitan al pesimismo y, como consecuencia, a la contracción del consumo privado y de la confianza. El miedo desembarca entre nosotros y sacude dónde duele a la población. Su bolsillo y su bienestar personal.

Una mirada rápida al entorno

Un rápido retrato de nuestro mundo actual. Conflictos bélicos más o menos públicos y justificados con argumentos tendenciosos y falsos; un sistema bursátil frágil y volátil; el presidente de EE UU solicitando al Congreso una partida presupuestaria para evitar la caída de unas entidades financieras en crisis por su descontrol lucrativo y exceso de ambición; el ministro Solbes afirmando ante los medios la envidiable estabilidad de las entidades financieras españolas ante esta crisis mundial; los líderes políticos europeos lanzando mensajes positivos sobre una crisis global en la que se desconocen las causas y, lo que es peor, sus efectos y duración.

También están las empresas privadas, que aprovechan la coyuntura inestable para realizar reducciones de estructura gracias a la mayor tolerancia de los gobiernos en esta situación de caos económico; el reparto de la industria petrolera de Irak entre empresas norteamericanas sin ningún pudor; los bancos centrales intentando desesperadamente controlar el consumo; las grandes empresas promotoras inmobiliarias que, tras años de enriquecimiento desmesurado, acuden al Estado para enjuagar las perdidas resultantes de la necesaria corrección del mercado inmobiliario; la organización de los JJ OO -símbolo hasta ahora del deporte puro y de sus valores humanos- dando protagonismo y beneficios a un país que denigra los Derechos Humanos, solo porque es un inmenso y virgen mercado de próximo crecimiento, etc. Una fatídica imagen.

La percepción de la crisis

Como suelo decir, una cosa es la crisis y otra bien distinta es la percepción de ésta. Y los efectos y duración dependen de la


percepción pública, más que de su esencia misma. Desde los foros políticos y económicos donde se intenta desesperadamente menospreciar el efecto de la crisis por algunas partes, o lo contrario, la dramatización negligente de su dimensión y duración por parte de las otras partes implicadas y/o contrarias y sus medios de comunicación afines.

También declaraciones de los presidentes de los bancos afirmando el leve y transitorio deterioro de la economía y su pronta recuperación; el sector automovilístico -en crisis estructural perpetua- que anuncia públicamente despidos masivos en todo el mundo; las administraciones públicas que publican el dramático recorte de sus ingresos debido a la crisis inmobiliaria, etc.

Todo esto hace de los medios de comunicación un campo de batalla y, lo que es peor, se crea un estado de opinión como mínimo desorientador para el ciudadano. Y, como consecuencia, no hay cena privada en la que no se hable sobre la crisis, no hay persona que afirme estar tranquilo con su economía doméstica y su futuro personal. Y el consumo privado baja, a la vez que el contagioso miedo ante el futuro crece en la opinión pública. Claro está que esa misma opinión pública es la que, aficionada a vivir demasiado bien en una época de crecimiento económico, se ha lanzado en los últimos años a endeudarse más de lo debido, adquiriendo viviendas a precios desorbitados, coches de lujo y productos inútiles pero exclusivos para demostrar su solvencia y prosperidad económica.

La capacidad de los gestores

Como en toda situación de crisis, lo importante es demostrar fehacientemente la capacidad de control de quien la gestiona, además de tomar las medidas necesarias para tratarla y, como mínimo, suavizar su impacto demoledor.

Como hemos visto en este caso actual, la disparidad de opiniones, ideas y medidas contradictorias según quien las proponga y/o promulgue, proyectan la imagen de descontrol, de caos en la resolución y de falta de unidad de criterio en el modo de resolverla. Los gobiernos, la oposición, los organismos internacionales, los empresarios, las instituciones públicas emiten juicios parciales, incoherentes y, lo que es peor, contradictorios ante la misma situación y sus posibles soluciones. Y esto no mejora la percepción pública del tema, más bien al contrario, la desorientan aun más.

Si a esto añadimos la susceptibilidad o escepticismo crónico actual y la falta de confianza de los ciudadanos ante los poderes públicos y las administraciones -manifestado en el imparable crecimiento de la abstención en las elecciones- esto no ayuda a recuperar la confianza en los actores de la crisis. La lluvia es distinta si llueve sobre mojado.

Esa opinión pública suspicaz y, de alguna manera, incrédula ante los acontecimientos, da la espalda a las opiniones ajenas sobre la crisis, aunque vengan de presuntos expertos y analistas, o de líderes pretendidamente experimentados en lidiar con situaciones delicadas como una crisis. Y es que en España -y por extensión, en todo Occidente- los expertos varían su opinión a partir de las consignas de sus respectivos patrocinadores -los partidos políticos o instituciones- y de sus intereses meramente particulares.

Como suelo afirmar, la progresiva politización de la vida pública y privada tiene sus contrapartidas. Así, ya sean universidades, instituciones o entidades aparentemente asépticas políticamente ya no tienen credibilidad ante la opinión pública. Y en una crisis, del tipo que sea, la credibilidad es el primer objetivo para resolverla.

La resolución de la crisis

Por obvias razones no puedo sugerir recetas mágicas contra esta crisis que actualmente padecemos y que, mucho me temo, va para largo. Me dedico a la comunicación empresarial e institucional, a la gestión comunicativa de las crisis y ese no es mi empeño. Pero sí puedo recomendar que, aún sin existir soluciones concretas, experimentadas y efectivas -cada nueva crisis es, por definición, singular e irrepetible- al menos se actúe de manera coherente y unificada, aunque para ello sería necesario un objetivo común y abandonar los intereses particulares de las diferentes partes implicadas.

El objetivo no es otro que resolver la crisis -o mejor, sus efectos- ganando la confianza de la opinión pública. Evidentemente, esto significaría un utópico ‘Comité de Crisis’ único con todas las partes implicadas a nivel de España o internacional, según el ámbito que tratemos, es decir, empresarios, sindicatos, otras organizaciones sociales, patronales, organizaciones de consumidores, medios de comunicación, etc. para tratar de consensuar su actitud y sus mensajes.

Ya sé que este método, dado el cruce de intereses en nuestro mundo actual, es impensable y utópico. Pero sea políticamente correcto o no, viable o no, como experto en gestión de crisis es mi obligación sugerirlo. Ganar o recobrar (si algún día se tuvo) la confianza de la opinión pública es el primer paso necesario para solucionar cualquier crisis.

El siguiente paso se lo dejo a los agentes involucrados en su resolución, los presuntos expertos en economía. Y el último paso conveniente de cualquier crisis, es, sin duda, aprender de ella para no repetir los mismos errores en el futuro y, entre ellos, me atrevo a sugerir, entre otros, aplicar más el sentido común, ser más honestos (los políticos, instituciones implicadas, las empresas y los ciudadanos), actuar con mayor responsabilidad y, sobre todo, entender que cualquier cambio o crisis es necesario y una oportunidad nueva y singular para mejorar.

Fotografía: Renegade98

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