Viernes 30 de septiembre de 2016,
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El hombre que reía con los ojos

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REPORTAJE: CONOCIENDO NUESTROS PUEBLOS

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Luezas con su iglesia en ruinas y el frontón remozado

No
sonreía ni con la boca, ni los dientes ni la nariz. Sólo con los ojos. Se le
rasgaban en una mueca picarona que se había salvado del paso de los años

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Cámara funeraria del dolmen del Collado del Mallo
Era como un
cemento capaz, en su función aglutinante,  de volver a levantar lo que el olvido de otros había tirado por los suelos

Siempre he creído que los cuerpos conservan algo de la infancia y en aquel
hombre de 82 años la sonrisa se le había quedado clavada en la niñez. Luego
descubrí que no sólo eran sus ojos los que estaban llenos de vida, también su
manera de mirar el mundo. Aunque ahora lo echo en falta, entonces no creí
necesario preguntarle el nombre.  El hombre de la sonrisa de trasto
exprimía vida de las ruinas.

Ésta es casa del cura, ésta la escuela y ahí la iglesia” . No paraba de
moverse por la plaza de Luezas, un pueblo del Camero Viejo, en La Rioja.


Enseguida me sorprendió que hablara en presente de unos edificios que sólo
rezumaban deterioro, pasado y ruina. Pero lo fui comprendiendo a medida que
aquel hombre llenaba de detalles la historia de cada piedra. Era como un
cemento capaz, en su función aglutinante,  de volver a levantar lo que el olvido de otros había tirado por los suelos.


Al edificio de la escuela es difícil entrar por su situación arrumbada. Pero él
se asomaba y explicaba lo que era el aula, y “aquí al lado, el
baile”.


“Sí – me aclaró cuando le interrogué con una mueca- venían de Albelda los
músicos y había un baile muy bueno”


De Albelda, en otro valle vecino, el del Iregua, son una saga de gaiteros que
encabezaba el difunto Serafín Abeytua. Sus hijos, nietos y nietas siguen
tocando la gaita y el tambor. En La Rioja a la dulzaina se la llama gaita.
Abeytua es uno de esos nombres que siempre sale cuando en esta tierra se habla
del folclore y de quienes han trabajado por que esté vivo.


En aquella escuela que ahora me mostraban y que tuvo un salón de baile sonó la
música dulzainera.  “Yo fui pastor con cinco amos – continúa mi
cicerone- y no sabía ni leer ni escribir hasta que un maestro -aquí teníamos un
maestro de adultos ,me aclara, – me enseñó ya siendo joven lo poco que ahora
sé”.


En el Diccionario de Pascual Madoz  quedó recogido que en la década
de 1840, Luezas tenía 30 casas, ayuntamiento y escuela con 18 alumnos.


El hombre que sonríe con los ojos es capaz de enfadarse cuando paramos ante la
Iglesia de la Asunción. Tuvo que ser precioso, pero ahora es un templo en ruinas. Con irritación me dijo:
“Yo traje las vigas de madera en un mulo,
desde Terroba, un pueblo de al lado; las traje porque no podía
ver que el tejado fuera a hundirse, y se lo dije a los curas, pero nadie hizo
nada”.


Esa era su desesperación, pero cuando pasamos junto al frontón (éste sí que
está conservado) vuelve a sus ojos la sonrisa más pilla que nunca.


“He jugado mucho a pelota mano y he ganado varias veces”. Mientras
remeda la pose de pelotari sigue sus explicaciones: “Un día estaba todo
lleno”, y apunta de tal manera alrededor del frontón que me parece oír la
algarabía del público. “Iba ganando por un tanto, entonces cuando era el turno
de mi rival no se me ocurrió otra cosa que agarrarle de la mano justo cuando le
iba a dar a la pelota. Todo el mundo empezó a reírse a
carcajadas”.  Ahora se ríe él y hace un alegato del buen humor.


“Yo me lo he pasado muy bien en la vida: me he reído mucho”.

Su locuacidad se vuelve irrefrenable cuando dice: “Me acuerdo cuando me escondía en
los bujos”; le llama “bujos” al boj, el arbusto con cuya madera
se hacen cucharas y tenedores de palo. “Me escondía y cuando pasaba una chavala: ¡zas!”, mientras hace como si
estuviera pellizcando una pierna u otra parte más carnosa. Sin parar de reirse espetaba: “¡Se llevaban unos
sustos! “.


“Y cuando eran las fiestas de Logroño subíamos de
noche al Viso”. El “Viso” es un monte en la divisoria de aguas
entre el valle del río Leza, al que pertenece Luezas, y el del Iregua.
“Desde allí veíamos los fuegos artificiales”…. Cuando paso por el “Viso” recuerdo esta última anécdota del hombre
que reía con los ojos. Voy camino del dolmen de Trevijano, otro pueblo, que se
asienta sobre la roca para asomarse al cañón del río Leza.


La senda está repleta de flores. Me cautivan los narcisos, tan pequeños, tan
olorosos. He leído que investigan la posibilidad de utilizarlos en un
medicamento contra el alzheimer. También hay prímulas, violetas,
hepáticas…..El campo está rabioso de vida y el cielo casi transparente. Los
días de aire el cielo del Camero Viejo es de una visibilidad extraordinaria.


La Sierra de Cebollera aún está nevada y también el majestuoso Moncayo. Ha
habido veces que al norte he divisado claramente los Pirineos. Desde la altura ya aprecio el dolmen. Es un lugar agreste entre laderas
rocosas. Lo llaman el dolmen del Collado del Mallo. Me pregunto cómo aquellos
antepasados elegirían este lugar para sus enterramientos. Hoy es un prado sin
árboles, pero en aquel entonces es probable que lo rodeara un bosque de tejos,
que eran abundantes.


Miro al horizonte y descubro la magia del Pico San Lorenzo nevado. Es el monte
más alto de La Rioja. Su figura incrementa la espiritualidad del lugar. Quizá
repararon en él quienes excavaron el enterramiento colectivo. A través de un pasillo se llega a la cámara, donde se enterraban los cadáveres.
La forman ortoestatos, grandes piedras hincadas verticalmente  que dibujan
una especie de círculo. La construcción se cubría con más piedras y tierra; parte
del túmulo aún se conserva.


Me tumbo sobre la hierba, miro al cielo y pienso en los seres humanos ahí
enterrados. Homo sapiens de hace cuatro o cinco mil años, sí, pero muy
parecidos a mí, con una manera de sentir y unos procesos para pensar que apenas
han cambiado… Me reconforta sentirme tan cerca y sobre todo pensarme un
eslabón más de una cadena, que seguirá completándose, y quizá, dentro de otros
cuatro mil o cinco mil años, alguien piense en nosotros como ahora yo pienso en
ellos: desde la unidad.

Galería fotográfica:

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El tejado de la iglesia se cae, aún así la bóveda sugiere su belleza
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Las piedras clavadas en vertical forman la cámara funeraria

 

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