Jueves 25 de mayo de 2017,
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Vitíligo, superar la enfermedad

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Hace unos años, sobre el 2007, fui al dermatólogo por unas manchas blancas y eccemas en la piel. La doctora, mirando mis manos con desprecio, comentó “tiene usted vitíligo,  yo no puedo hacer nada por usted, échese esta crema”. Yo no entendí nada, así que le pedí que me explicara qué era eso. Y ella me respondió  “mírelo usted en internet”.

Tras la consulta médica,  volví a mi puesto de trabajo algo confuso, allí aproveché para informarme en la red. Cuando en la pantalla del ordenador asomaba los resultados, el miedo invadía mi cuerpo, creo en ese momento el vitíligo me creció un cincuenta por ciento más.  No tardé en pasar por las cinco fases:

Negación, esto no podía pasarme a mí, vivía en una zona con mucho sol, las llagas en la piel eran terriblemente dolosas ¿habéis oído la frase el sol me acaricia la piel? Pues a mí me abrasaba la piel, me salían llagas. Y me decía una y otra vez, no, no, no. Esto es una broma, no puede ser verdad. A la gente cómo yo no le pasan estas cosas. No bebo, no tomo drogas, apenas excitantes, en definitiva no era posible, no creía que eso me podría  pasar a mí. No era posible.

Ira, ¿Qué he hecho yo de malo? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¡No puede ser! Hasta grité por la rabia y rompí cosas. Pasé unos días malísimos. Yo pensaba en todos los lugares de mi cuerpo que podía salirme. Esto me llevaba a una espiral de odio a todo y a todos. Una espiral de violencia verbal. Solo tenía treinta y cinco años. Fue una de las fases más terrible. No aguantaba a nada ni a nadie. Lo peor era la lastima de los amigos y la familia. No lo soportaba.

Negociación. Bueno eran incurables, pero empecé a negociar con Dios, pensando que esto me había salido por mi culpa. No entendía que pecado podía haber cometido. Y le pedía que no me saliera en la cara, ni en los testículos, ni en el cuello, ni en ningún lado más.  Qué que nome castigara más.Se me hacía un nudo en la garganta de pensar que se me extendiera por todas las partes del cuerpo. Oraba continuamente pidiéndole a Dios que en la cara no. Esta fase también fue terrible. Intentaba dominar la situación con negociación, era   cómo un niños “que solo me salga en las manos ¿vale?” era algo así.

Depresión. No podía hacer nada, tenía tanto miedo. No sabía por dónde iba a salir. Lo veía todo oscuro. No quería salir a la calle. Iba al trabajo pues no tenía más remedio. Me avergonzaba de mis manos. La gente me daba la mano con mucho asco, pensando que era una enfermedad contagiosa. El vitíligo no es contagioso, pero la estupidez humana sí. Estaba en una espiral de caída libre, y sin control. Todos los días me miraba obsesivamente la cara, los testículos, el  cuello… miraba mi cuerpo entero, y veía manchas. Oraba y oraba pidiendo que en la cara no. Las emociones estaban por los suelos. Y cuanto más derrumbado estaba, vino una “persona” y me dijo “Vas a parecer un dálmata ja, ja,ja”  Cómo ya he dicho la estupidez humana es incurable y altamente contagiosa.

Entre los comentarios inapropiados,  las emociones por los suelos, y la enfermedad “incurable”, se me hicieron unos días terribles, y difíciles de superar.

Aceptación. Cuando vi que no había marcha atrás, acepte que esa enfermedad había venido a quedarse. Y pensé que no podía hacer nada. En el fondo era una enfermedad estética, no afectaba mucho a mi cuerpo, a excepción de las llagas en la piel, y los conflictos psicológicos que me generaban.

Ya estaba, todo terminó. Me había rendido, me encerré en mi habitación a meditar. Mientras disfrutaba del Zen  me llegó una frase: “¿Ya te rendiste?” “¿Qué eres?” Reflexioné sobre mí: Me podía ver de niño, mis primeras clases de karate, el repetir mil veces una patada, me vi mis primeras meditaciones. Me vi superando el dolor. Convivía con el dolor, y convivo en la actualidad. Y volvieron las frases a mi cabeza “¿Ya te rendiste?” “¿Qué eres?” Me volví a ver con mi primer karategui, siendo niño, haciendo mis primeras katas, mis primeros kumites, mis primeros golpes, mis primeras paradas,  los golpes recibidos, los golpes en los antebrazos para restar sensibilidad, los moratones y  el dolor… Fue entonces cuando grité: ¡Yo soy un Samurái!  Y era un Samurái, un samurái  espiritual, un guerrero de la luz. Este grito de guerra cambió mi perspectiva. Estaba condenado a sufrir el vitíligo toda mi vida, ya estaba desahuciado. Fue entonces cuando  recordé lo que había pasado para andar y decidí que no sería así, que el vitíligo se largaría de mi mente, de mi alma y de mi vida..

No se trataba de entrar en los rezos, ni en las posturas del Samurái, no se trata de elegir el campo de batalla,  ni de hacer un circulo con la katana. Tampoco se trata de agarrarse con los pies al suelo, ni de mirar al Sol, tomar aires y  prepararse para el combate sabiendo que puedes morir.  Ni  de clavar la katana en el suelo. No, eso sería lo fácil. Pues si mueres, solo te pasa eso. Esto es más duro. Tienes que trabajar con las emociones. Vivir en la incertidumbre. Aquí no hay héroes. Tampoco puedes salir corriendo como una gacela. Tienes que vivir en la batallas. Luchar como un león. No hay héroes.

Habiendo tomado conciencia de la batalla que me esperaba, inicié  por internet una búsqueda  vehemente, sobre todos los remedio para curarse.  En mi camino encontré muchos vendedores de humo. Pero nada serio. Es tan fácil jugar con los sentimientos y con la desesperación. No te digo que no te puedan funcionar. El vitíligo es una enfermedad autoinmune, y si el cerebro se lo creé, todo es posible. Una vez visto todos los mamarrachos, Y sacapasta que había en internet. Decidí seguir con mis tratamientos paliativos, y engañar yo también a mi cerebro. Ya lo había hecho anteriormente para dejar de fumar, y lo logré.

El primer  paso fue eliminar toda bebida o comida excitante. Bebidas con cafeína, teína, etc… También eliminé todo lo que me supusiera estrés como las noticias, películas violentas, discusiones,  etc…

El segundo paso fue engañar a mi cerebro ¿Cómo engañé a mi cerebro? Utilicé la meditación para relajarme. Y cuando sentí que estuve preparado, sobrepuse mi mano morena sobre la mano más afectada por el vitíligo. Estuve un tiempo mirándola, cuando visualmente hice una fusión de manos. Esa imagen la gravé en mi cerebro.  Cerré los ojos para fijar esa imagen, la retuve. Y allí la dejé registrada. A partir de ese día no volví a mirar mi mano. Visualmente no existía. No volvería a mirarla hasta que fuera  morena como yo la incrusté en mi cerebro.

El tercer paso, fue  prepararme una afirmación, decía algo así  “mi piel es perfecta, uniforme y morena” esto lo repetía por la mañana, por el mediodía, y por la noche, a la vez que utilizaba la imagen que había introducido en mi mente. Esto lo hacía tres o cuatro veces cada vez. Al principio me obsesionaba  y lo repetía hasta veinte veces cada vez. Y a veces, no sólo fueron tres veces al día, fueron más, llegando a lo perturbador.

Estuve un tiempo haciendo esto. Eso sí, en todo momento  tomaba la medicación paliativa que me mandaba el médico. Cuando pasó cierto tiempo, un mes, o dos, no lo recuerdo. Un día una compañera de trabajo me cogió la mano con los ojos fuera de sus orbitas me comentó “¡Tu vitíligo a menguado! ¡¿No era incurable?!” Un sentimiento de orgullo  y poder subió por mis venas. Y pensé “Te tengo, ahora vamos a jugar en serio”.  Ya sabía que podía vencerlo. Aumenté el  tiempo de meditación, visualización etc… Hasta el día  que se marchó de mi cuerpo.

Hoy en día mantengo hábitos de vida  saludables, hago deporte a diario, “como bien”, elimino toda bebida excitante de mi dieta. Cómo supondrás me alejo de toda discusión (siempre que me sea posible), practico meditación a diario, camino relajadamente a diario, etc…

Como lo cuento, esto puede parecer un paseo, pero la verdad es que fue una dura y larga batalla. No te prometo finales felices, solo te prometo horas de desencanto, de indignación, de desilusión, incluso puedes pensar que estás realizándote un seppuku,   pero si lo haces bien.  Seguramente desaparecerá. Y cuando lo venzas sabrás que no hay nada imposible, y conocerás tú máximo potencial. Y a partir de ahí todo será fácil en tu vida. No habrá nada más duro que haber luchado contra ti mismo.

Una de las máximas del coaching es: “si una persona haciendo esto, ha tenido estos resultados. Tu haciendo lo mismo, por lógica tendrás los mismo resultados”

Puedes pensar que soy alguien especial,  pero soy cómo tu, solamente que tuve la suerte de nacer para una silla de ruedas, y mi madre dijo que no. A pesar de lo que opinaran los médicos. Y  cuarenta y cuatro años después sigo andando. Puede ser que esté más curtido, pero si yo lo he conseguido, tu también.

¿Cómo sabes que es verdad lo que digo? Sólo tienes que probarlo.  Que te funcione depende de ti.

Recuerda esto “No hay héroes, sólo gente sin otra salida”. Si no puedes correr, tienes que luchar, y eso es lo que hay.

¿Me puedes costar dinero?

Lo único que te puede costar dinero es contratar un coach para que te sugestiones con el color de la piel. Y esto en el caso que no logres hacerlo tú.

Como verás no se trata de grandes cosas, sino de cosas sencillas que prácticamente no cuestan dinero. Sólo cuesta lo que tú determines de tu tiempo para dedicártelo a mimarte tú. Sería bueno ir al spa, pasear, dedicarte tiempo a ti, cómo ya te he comentado.

Esto fue lo que yo hice y me funcionó. Espero que a ti también.

Vicente Cuenca

Life Coach

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