Miércoles 23 de abril de 2014,
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Vivir en la penumbra: ataques con ácido en Camboya

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Desde 1985 se han contabilizado 236 víctimas de ataques con ácido, casi la mitad eran hombres

El ácido es barato, una forma sencilla de venganza, y está poco penado por las leyes

Camboya. Srei Keo* solo tiene 31 años de edad. Cada día es un verdadero infierno de dolor, miseria y humillaciones, desde que hace once años una persona arrojó sobre su cabeza y cuerpo dos botellas de ácido. Sus brazos, cara y espalda son la prueba irrefutable de una vida arrancada de cuajo, la rutina diaria se confunde entre las lágrimas cada vez que sus tristes ojos se ven reflejados en el espejo de su propia realidad. Escondida de un mundo injusto que la señala allá por donde va, espera a la muerte viviendo entre las sombras de un pasado que la ha marcado para siempre. “Ahora, solo soy mitad ser humano y mitad fantasma”, afirma. “La persona que me hizo esto, por qué no me mató directamente, disparándome o apuñalándome, ¿por qué me dejaron vivir en estas condiciones?”.

Mientras que en países como Bangladesh o India se han creado severas leyes que prohíben totalmente la venta libre de sustancias químicas, en Camboya todo sigue como en el pasado. Bajo una nueva propuesta de ley sobre el uso y la posesión de ácidos, en el país del Angkor Wat, según informan fuentes gubernamentales, los bárbaros que utilizan esta técnica contra los demás seres humanos podrían recibir condenas de hasta cadena perpetua, aunque aquellos ataques en los que la víctima solo sufra heridas menores (la mayoría) solo podrán ser condenados con sentencias de cinco años de prisión. “Las leyes que tenemos en el presente no son suficientes”, afirma Khieu Sopheak, portavoz del Ministerio del Interior camboyano. “Pensamos que condenas más severas harán que los perpetradores de estos horrores tengan más miedo de la ley”.

Camboya discute una nueva propuesta de ley que podría contemplar condenas de cadena perpetua para un delito que no busca la muerte, sino el sufrimiento para siempre

Aunque es difícil afirmar con exactitud el número de víctimas del ácido, ya que la mayoría de los casos no son denunciados, la organización Cambodian Acid Survivors (CASC) ha contabilizado entre 12 y 24 casos entre los años 2000 y 2009. Número que se ha incrementado considerablemente en estos dos últimos años, donde solo entre los meses de diciembre de 2009 y enero de 2010, once casos fueron denunciados a las autoridades pertinentes. Según esta propia organización, los ataques no son exclusivos en una área determinada de Camboya, desde 1985 hasta 2009 un total de 216 ataques en 21 provincias diferentes, con un total de 236 víctimas han sido reportados, de los cuales un 54% eran mujeres y un 46% hombres. Aproximadamente un 13% de los supervivientes a estos ataques fueron quemados cuando eran niños menores de 13 años de edad.

Los ácidos más utilizados para perpetrar estos crímenes son el sulfúrico y el nítrico, que son los dos ácidos de mayor fuerza y pueden llegar a ‘comer’ la piel, el músculo o incluso los huesos humanos. El ácido sulfúrico, empleado normalmente en baterías de coches (aunque aquí está diluido con agua), es el preferido de los perpetradores de estos crímenes, ya que se puede encontrar en cualquier parte de Phnom Penh por no más de unos 3.000 riels el litro (unos 0,60 euros), justo la mitad del coste del ácido nítrico, utilizado comúnmente como un reactivo de laboratorio, y que se utiliza para fabricar explosivos como la nitroglicerina y el trinitrotolueno (TNT), así como fertilizantes como el nitrato de amonio.

Arrojar ácido es uno de los crímenes más horribles que una persona puede cometer. Los perpetradores no quieren matar a la víctima, sino algo mucho más cruel que la propia muerte, hacer que la víctima sufra para siempre. Este tipo de crimen normalmente se presenta como un acto de venganza, motivado por el odio o los celos que una relación amorosa o la ruptura sentimental pueden producir. El ácido es normalmente arrojado a la cara de las víctimas, marcándolas de por vida, con el solo objetivo de hacer parecer un monstruo a ese ser humanos que nunca volverá a ser amado por otra pareja, como nos confirma la historia de Ly y Nith*.

Ly y su marido tienen dos hijos varones de 13 y 12 años respectivamente y una hija, Nith, de 4 años de edad. En 2004, su marido abandonó el país después de caer locamente enamorado de su socia camboyana, eligiendo Francia como su nuevo destino. Ly conducía una moto con sus tres hijos en una zona cercana a su hogar en Phnom Penh cuando cinco hombres la obligaron a parar, para posteriormente y sin mediar palabra arrojar ácido sobre la cara, brazos y torso de Ly. Nith, su hija de 4 años, se sentaba al frente de la scooter, recibiendo quemaduras en cara, cabeza, cuello y brazos. Sus dos hijos varones, ocupaban la parte posterior del vehículo, y ambos sufrieron quemaduras de menor grado. No fue otra persona más que la nueva pareja del marido de Ly quien, atormentada en un mar de celos, contrató a estos cinco ‘asesinos a sueldo’ para así asegurarse el amor de su nuevo hombre. Ly trabajaba en un restaurante de la capital camboyana antes de los ataques, ganando un salario de unos 90 euros mensuales.

Violaciones, abusos de menores o ataques con ácido sulfúrico son acallados con cantidades que rondan los 150 o 200 euros

Desde su admisión en CASC, Ly ha sufrido dos operaciones con resultado de ceguera permanente y dificultad para moverse. No tiene ninguna fuente de ingresos y ha tenido que vender la casa familiar para poder pagar sus gastos. Sus dos hijos mayores viven con familiares. Nith, su hija menor, sufrió graves quemaduras en una gran parte de su cuerpo, dejándola desfigurada y sin cabello para el resto de su vida.

Camboya sigue siendo un país donde la mayoría de crímenes quedan impunes, las inocentes víctimas son compensadas con cantidades irrisorias de dinero, garantizando así el silencio absoluto ante una realidad que necesita ser contada. “Violaciones, abusos de menores o ataques con ácido sulfúrico son acallados con cantidades que rondan los 150 o 200 euros”, afirma Chhun Chenda Sophea, director del programa de CASC. “Necesitamos leyes que hagan que los criminales se lo piensen antes de cometer estas atrocidades”.

Esto es Camboya, un país donde las desgracias se asocian a ese karma que marca las vidas de la población de esta nación, mientras el Gobierno, más preocupado de firmar contratos millonarios, discute leyes que quizás, y solo quizás, algún día serán aprobadas. Mientras tanto, seres humanos inocentes pagan las consecuencias de un mundo que sigue siendo olvidado. Sirva como ejemplo el siguiente vídeo, donde Soum Bunnarith nos cuenta la escalofriante historia de su desgracia.

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*Los nombres han sido cambiados para proteger la privacidad de las víctimas.


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